Hijos de Eva

6/8/2005

Nos preocupa la infancia

Filed under: — Quintanar @ 8:25 pm

Fecha de la imagen: 3 de octubre de 2004

Los niños que permanecen en cuclillas, con las manos atadas a la espalda y los ojos vendados, son iraquíes malos. Los adultos de las pistolas y el rostro cubierto con pasamontañas son los buenos. Si les quitáramos el pasamontañas, veríamos las caras de Bush, o de Blair. La de Zapatero, no, porque Zapatero retiró vergonzosamente nuestras tropas de Irak al día siguiente de llegar a La Moncloa. De ahí que haya sólo dos vigilantes, en lugar de tres, que sería lo suyo si comparamos el número de buenos de esta foto con el de las Azores. Una vez más, hemos perdido el tren de la historia. Si esta imagen se publicara en el futuro en los libros de texto, nadie podría decir que el tercero de los policías buenos representaba a España porque el tercero no está: renunció incomprensiblemente a la gloria de mantener a raya a un crío de 10 años.

Se ha hablado mucho de las torturas de Abu Grahib. Las fotografías obtenidas en aquella prisión han dado la vuelta al mundo en un intento de desprestigiar a las fuerzas ocupantes. ¿Por qué no se ha dado la misma difusión a ésta, donde se ve, primero, que sólo detenemos a gente objetivamente peligrosa, y, segundo, que la tratamos con una corrección exquisita? Nadie nos habría impedido violar a los niños de la foto. Por Dios, son terroristas árabes. No tienen padres que los reclamen, ni carné de identidad, ni derechos. Podríamos haberlos convertido en carne picada sin dar explicaciones a nadie. En lugar de eso, de violarlos como a los de Abu Grahib, que es lo que nos pedía (lógicamente) el cuerpo, les hemos infligido un trato humanitario que están muy lejos de merecer. Pero eso es precisamente lo que nos diferencia de los malos: la educación, la cultura, las buenas maneras y la preocupación por la infancia.

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Novelización: La muerte perfecta

Filed under: — Quintanar @ 11:07 am

La sirena de la base comienza a sonar con el estridente ruido desacompasado con el que avisa de enemigos sobre nuestro espacio aéreo. Todas las luces de la base cambian a rojo, y el resultado es el mismo que si alguien hubiese gritado ¡fuego!. Toda la base, que hasta hace diez segundos era un remanso de vagancia y relajación, estalla en un frenesí de actividad.

Mecánicos y pilotos corren de un lado para otro, prestos a cumplir sus tareas. Afortunadamente yo estoy en mi habitación, aunque llamar a esto habitación es un demasiado benevolente. Abro mi taquilla y saco mi traje de vuelo. Un uniforme gris, con algunas banderas medio borradas y unas insignias de rango que a nadie interesan. Eran del antiguo propietario.

Sacudo la ceniza gris que se acumula sobre él y me maravillo una vez más de la cantidad de esa mierda que se puede acumular en tan sólo dos horas.

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