Hijos de Eva

28/8/2005

Viejas palabras que nadie enseña

Filed under: — Quintanar @ 11:10 pm

Les hablaba la semana pasada de gente indeseable, como esos fulanos que dejaron paralítico a un mozo de escuadra y luego, sorprendiendo a una pareja de novios en un descampado, lo mataron a él y la violaron a ella. Pero hubo un aspecto del asunto que me sigue haciendo runrún en la cabeza. Decía en el artículo que no es lo mismo ser un delincuente que se busca la vida en los límites de ciertas reglas, que un cabrón desbocado al que todo le da igual. Y al releerlo me di cuenta de que la mayor parte de amigos y conocidos a los que mencionaba, o en los que pensaba mientras describía el primer grupo –los malandrines que mantienen ciertos códigos–, casi todos son gente mayor o están muertos. Y lo que abunda, cada vez más, es gentuza a la que se le fue la olla, capaz de hacer daño sin el menor escrúpulo. Escoria indeseable.

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21/8/2005

Se van a enterar

Filed under: — Quintanar @ 6:17 pm

Ay qué risa, tía Felisa. Resulta, según los expertos que saben de estas cosas, que a medida que avance el siglo, y hacia el 2050, España se irá convirtiendo en un país con ocho millones y pico de habitantes menos y la población más pureta del mundo: pocos yogurcitos y la tira de vejestorios decrépitos. Para que se hagan una idea: si esto tenía en 1951, cuando yo nací, el triple de habitantes que Marruecos, dentro de otro medio siglo los vecinos de abajo tendrán el 60% más de tropa. Y también un porcentaje similar añadido de ganas de comer caliente. En cuanto al panorama que para esas fechas tendremos aquí arriba, no saben lo que me alegro de no estar para verlo, entre otras cosas porque la sola idea de durar tanto me da una pereza enorme. Además, prefiero hacer mutis a tiempo, ahorrándome las incómodas vivencias que experimentarán los españoles cuando aquí no trabaje ni produzca ni Cristo bendito, y no haya quien pague ni las pensiones, y la sanidad pública se haya convertido en una perfecta casa de lenocinio, y los concursos y programas musicales de la tele estén llenos de abuelos bailando los pajaritos, y los asilos no den abasto, y nueve de cada diez ciudadanos vayan por ahí con la próstata hecha una mierda y la sonda puesta, sin otros temas de conversación en la cola del autobús que el reuma y la artrosis y el Parkinson y el hijoputa de mi hijo, oyes, que hay que ver cómo pasa de mí, el canalla.

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14/8/2005

El afgano, el ranger y la cabra

Filed under: — Quintanar @ 9:10 am

Primeros de noviembre. Estoy tomándome una copa en el bar de un hotel de Los Ángeles, California, mientras miro alrededor y pienso: tiene huevos la guerra esta que se han montado los gringos. Porque la verdad es que uno esperaba que, después del hostiazo que encajaron el 11 de septiembre, fueran a despertarse un poco. A espabilarse lo suficiente para comprender que las cosas ya no ocurren sólo en las fronteras del imperio, que el horror ha estado ahí afuera desde hace muchísimo tiempo, que los Estados Unidos de América tuvieron parte -y no poca- de responsabilidad en la existencia de ese horror, y que ahora, con esto de la globalización y la tecnología y toda la parafernalia, a la hora de repartir leña hay de sobra para todos, con el cobrador del frac diciendo de pronto hola, buenas, gudmorning, mientras pasa de golpe la factura con los intereses. Pumba.

Pero me temo que no. Que los cinco mil palmados de las torres, y la guerra, y todo lo demás, no han servido para hacer a mis primos más solidarios con nadie ni conscientes de nada; sino que, aparte las banderas y los ramitos de flores y las velitas de homenaje al bombero -nuevo héroe americano- y recordar Pearl Harbor y fabricar papel higiénico con el careto de Bin Laden, todo sigue como estaba. Dentro, con la gente mirándose el ombligo sin el menor esfuerzo por entender ni razonar nada de lo que ha pasado. Fuera, sembrando más horror y más mierda para la siguiente cosecha, mientras emplean la tecnología más avanzada del mundo en la venganza de don Mendo. En convertir a infelices con babuchas -pero ojo: con dos cojones- en nuevas generaciones de kamikazes que, en su momento, agradecerán cumplidamente el servicio. Y, como de costumbre, que Dios bendiga a América. God bless, dicen aquí. Me parece.

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7/8/2005

La leyenda de Julio Fuentes

Filed under: — Quintanar @ 5:41 pm

Julio Fuentes

Se habría partido de risa, el muy cabrón, si hubiera sabido de antemano lo que se iba a decir y a escribir sobre su fiambre. Hasta los tertulianos de radio y los periodistas del corazón estuvieron, los días que siguieron a su muerte, llamándolo compañero -nuestro compañero Julio Fuentes, decían sin el menor rubor- y glosando con toda la demagogia del mundo su compromiso moral con la información y su sacrificio casi apostólico en aras de la humanidad, la libertad, la igualdad y la fraternidad. De haber estado al loro sobre tanto panegírico -me lo imagino, como siempre, revisando las pilas del sonotone y acercando la oreja para oír mejor-, Julio se habría carcajeado hasta echar la pota. Ni puñetera idea, habría dicho. Esos cantamañanas no tienen ni puñetera idea. Pero déjalos. A estas alturas me da lo mismo, Y además, qué coño. Suena bonito.

Los de la Tribu, los que siguen en activo y los jubilados como yo, le hemos hecho nuestro propio funeral entre nosotros, más íntimo, a base de llamadas telefónicas, conversaciones en voz baja, miradas y silencios, juntándonos como los soldados veteranos que cuentan los huecos que el tiempo va dejando en las filas: tantos hasta tal fecha, Miguel Gil hace un año, Julio ahora. Suma y sigue. Y lo hemos hecho sonriendo pese a las lágrimas y a las blasfemias -Alfonso Rojo, Cerva Sánchez y Ramón Lobo lloraban y Márquez blasfemaba, cada uno es como es-, porque recordar a Julio, incluso muerto, te obliga tarde o temprano a sonreír: su ternura, su sordera, su camaradería, su absoluta falta de sentido del humor, el miedo que siempre sabía convertir en extrema valentía, su ingenuidad adobada con el cinismo del oficio. Su concepto personal de la vida como leyenda que uno se forja, construyendo un personaje y siéndole fiel hasta las últimas consecuencias. Al día siguiente de su muerte, en el periódico donde había publicado su última crónica, escribí -repetí- que Julio sabía mejor que nadie que a un reportero de guerra no lo asesinan nunca, sino que lo matan trabajando. Decir que te asesinan es insultarte. Son las reglas, y sólo los ignorantes o los idiotas creen seriamente que un guerrillero afgano analfabeto, un majara liberiano o un francotirador serbio van a comportarse según las exquisitas normas de la Convención de Ginebra, en un mundo donde Dios es un canalla emboscado.

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31/7/2005

Oxford y la guerrilla

Filed under: — Quintanar @ 10:13 pm

Batalla de Somosierra, de Wojciech Kossak (1907)

Abro el diccionario Oxford de la lengua inglesa y una palabra sonora, hermosa, afilada como una navaja española me salta a la cara: guerrilla. Y es curiosa: veinte años de asistir a carnicerías de variopinto pelaje deberían tenerlo curado a uno, o casi, de estremecimientos patrioteros. Quiero decir que, a estas alturas, la razón suele imponerse al instinto de la tribu, y resulta difícil ver, bajo cada discurso, bandera o fanfarria del tipo nosotros y ellos, ya me entienden, otra cosa que un hijo de perra con galones o corbata que diseña monumentos al soldado desconocido o compone himnos dispuesto a forrarse, emboscado en un despacho de retaguardia, a costa de la sangre y del dolor de los demás. Claro que a lo mejor uno ha pasado demasiado tiempo en los bosques donde crecen las cruces de madera y resulta un descreído recalcitrante, y tras todas esas arengas y discursos tan nacionalistas y tan sublimes, incluso tras los camelos geopolíticos, las gilipolleces étnicas y las tergiversaciones de la Historia urdidas como estrategia, puede ser tan resabiado que no vea legítimas aspiraciones, nobles sentimientos patrióticos que de ese modo se manifiestan. Digo yo que a lo mejor. Es un suponer. O sea.

Pero me desvío de la cuestión. Lo que pretendía decirles es que si alguien no vibra precisamente con la cosa patriotera de lágrimas y churundata es el que suscribe; y eso quiero dejarlo claro antes de ir al grano. Y el asunto es que la nueva edición del diccionario Oxford recoge entre sus 97.600 vocablos, 851 palabras españolas e hispanoamericanas de uso corriente en inglés. Y que entre amigo, gazpacho y otros castizos términos por el estilo, guerrilla reluce con luz propia.

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24/7/2005

Las carcajadas del ministro

Filed under: — Quintanar @ 9:26 pm

Pues resulta que tengo delante una foto de prensa, con el ministro de Exteriores español de visita donde Ariel Sharon, en Jerusalén por más señas. Y lo chocante de la foto es que el titular de la noticia dice que Sharon niega a Josep Piqué las peticiones de la Unión Europea para que suavice la presión sobre Palestina. O sea, traducido del hebreo, que a Piqué y a la Europa que representa acaban de ponerlos mirando a Triana pero bien, en plan puedes meterte la mediación, chaval, donde te quepa. Y resulta que, en la foto, la cara del ministro europeo-español parece todo lo contrario, porque Sharon tiene cara de cabrón con pintas y mucha guasa, y el jefe de la diplomacia española está en plena carcajada, juas, juas, encantado, o eso parece, de estar allí ante los flashes para decir que Israel no le hace ni puto caso, qué risa Basilisa, este don Ariel que nos sale con que verdes las han segado y que Tsahal, o sea, sus tanques Merkava y compañía, van a seguir dándole a los infames y prepotentes terroristas palestinos -recordemos que todos los terrorismos son clavaditos unos a otros, según José María Aznar- hasta en el cielo de la boca durante todo el tiempo que les salga de los huevos. O más.

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17/7/2005

Exterminio en el mar

Filed under: — Quintanar @ 9:03 pm

Detesto esas sucias jaulas: los campos de concentración y exterminio de atún rojo. Han proliferado como basura en la costa de Alicante y Murcia. Instaladas además, con el mayor desprecio para quienes navegan, en medio de las rutas habituales. Bajas a la camareta a hacerte un café, y cuando subes a cubierta te ves en un laberinto de redes y jaulas. De noche pueden convertirse en una pesadilla, sobre todo cuando se funde la luz de alguna baliza. Son siniestras. Se distinguen de las piscifactorías normales, de los criaderos de otras especies, en que las jaulas de atún rojo huelen a muerte y a dinero fácil.

Se llaman así, criaderos o viveros, pero quien conoce el mar sabe que es mentira: el atún no se cría cautivo. Como ya conté alguna vez, el atún es un pez que no puede dejar de nadar, porque entonces no respira. Un atleta que necesita aguas libres. Lo que ocurre es que los grandes bancos de atún se cercan, sin importar peso ni edad, se meten en jaulas de engrase, se atiborran de pienso, y cuando están gordos, se matan. Así, oficialmente, no se le llama pesca sino cría de vivero. Y a nadie interesa demostrar lo contrario: las autoridades siguen mostrándose sospechosamente pasivas, los políticos dicen que eso crea puestos de trabajo, y los pescadores, principales perjudicados, se ponen al servicio de los empresarios, cobran y callan. Que España sólo conceda cuatro licencias para el atún rojo no es problema: se traen barcos franceses o italianos. Y nadie rechista. Ante las cifras –500 millones de euros de exportación anual– no hay ecología que valga, aunque suponga pan para hoy y hambre para mañana. En eso vivimos al día, como en todo. Y quien venga detrás, que se busque la vida.

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10/7/2005

La foto del abuelo

Filed under: — Quintanar @ 10:36 pm

Date prisa, Elenita -sé que él te llama Elenita-, porque mañana o pasado ya no estará ahí. Ahora lo miras y te da pena, y a veces te cabrea, o te es indiferente, o qué sé yo. Cada cual es cada cual. Hay días en los que estás harta de ese viejo coñazo que se queda dormido y ronca durante el videoclip de Madonna, o se lo hace fuera de la taza porque le tiembla el pulso, o fuma a escondidas cigarrillos que roba del paquete que tienes en un cajón de tu cuarto. A lo mejor te preguntas por qué sigue en casa y no lo han llevado a una residencia, donde los ancianitos, dicen, están estupendamente. Y la verdad es que a veces se pone pesado, o no se entera, o se le va la olla como si estuviera en otro siglo y en otro mundo. Y a ti te perece un zombi. Sí. Eso es lo que parece tu abuelo.

No voy a decirte cómo sé todas esas cosas de ti, aunque a lo mejor te lo imaginas. Yo nunca me berreo, como dice mi colega Ángel Ejarque, alias -sé lo que me digo- El Potro del Mantelete, que por cierto acaba de ser abuelo por segunda vez. El caso es que lo sé; y estaba la otra noche comentándoselo en el bar de Lola a mi amigo Octavio Pernas Sueiras, el gallego irreductible, que a estas alturas -cómo pasa el tiempo- aprobó lo que le quedaba y ya es veterinario. Y Octavio apartó un momento los ojos del espléndido escote de la dueña del bar, le pegó otro viaje al gintonic de ginebra azul y me dijo pues cuéntaselo a esa hijaputa, oye. A tu manera. Y ya ves. Aquí me tienes, Elenita. Contándotelo.

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3/7/2005

Aquí no sirve ni muere nadie

Filed under: — Quintanar @ 7:56 pm

Seguimos actualizándonos, pardiez. En la academia de suboficiales de Lérida, Defensa –el nombre empieza a parecer un chiste– ha retirado la inscripción «A España servir hasta morir». La decisión se tomó por presiones de vecinos y políticos locales, que pedían la desaparición de un mensaje que consideraban «una vergonzosa agresión al paisaje, al buen gusto y a la libertad». Y bueno. Lo del paisaje y el buen gusto podría ser; pero la agresión a la libertad no termino de verla del todo. Mi libertad, por lo menos, no se ve agredida porque los suboficiales del Ejército sirvan a España hasta morir, en Lérida o en donde sea. Más bien al contrario. A mí, la verdad, que en un ejército voluntario, como el de ahora, haya individuos e individuas dispuestos a dejarse escabechar por España, siempre y cuando sea en condiciones normales de milicia y no en vuelos chárter de segunda mano para ahorrarle cuatro duros al ministerio, me parece estupendo. Alguien tendrá que hacerlo llegado el caso, digo yo. Y además lo llevan incluido en el oficio y en la mierda de sueldo que cobran. De modo que si a alguien le parece mal, sólo veo una explicación: ese alguien cree que no hace falta que nadie muera por España.

Dejemos las cosas claras. En este país ruin e insolidario, y en lo que a mí se refiere, las banderitas e himnos nacionales, regionales y locales, los villancicos navideños, las salves marineras y rocieras, las jotas a la Pilarica o a San Apapucio, los pasos de Semana Santa y la ola en los estadios cuando juega la selección tal o la cual, se los pueden guardar algunos donde les alivien. Cuando políticos, generales, obispos, financieros y presidentes futboleros, entre otros, agitan desaforadamente trapos, crucifijos, folklore, camisetas o lo que sea, en vez de heroísmo, patrias, dignidades, espiritualidades, tradiciones y cosas así, lo que yo veo es a millones de infelices manipulados desde hace siglos por aquellos que diseñan las banderas y los símbolos, utilizándolos para llevarse al personal a la cama. Lo que no es incompatible –acabo de escribir una novela sobre eso– con la ternura y respeto que siento por los desgraciados que lucharon, sufrieron y palmaron por una fe, por un deber o porque no tenían más remedio. Pero entre quienes se benefician de ello, no veo distinción entre derechas, izquierdas, nacionalistas o mediopensionistas. En sus manos pecadoras, tan sucia es la bandera que agitan como la ausencia de la que niegan. Bicolor, tricolor, multicolor, technicolor o cinemascope. Lo mismo si la izan que si la descuartizan.

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26/6/2005

El siglo XXI empezó en septiembre

Filed under: — Quintanar @ 9:54 am

Cada cual tendrá sus ideas al respecto. La mía es que el XXI va a ser un siglo muy poco simpático, y el mayor consuelo es que no estaré aquí para ver cómo acaba. Lo pensaba el otro día, viendo un película antigua de Marlene Dietrich donde la gente celebra bebiendo champaña la llegada del año nuevo 1914 en la Viena austrohúngara -los pobres gilipollas-, y me acordaba del jolgorio con que el personal de ahora, incluidos, supongo, quienes estaban el 11 de septiembre en las torres gemelas de Nueva York, celebró la llegada del nuevo siglo. En cuanto a las cosas de actualidad, a la hora de teclear esto ignoro cuánto tiempo va a durar la crisis -algunos la llaman guerra- de Afganistán; pero estoy convencido de que sea cual sea el resultado más o menos previsible, no cambiará nada importante. La Historia que se escribe con mayúscula, la que nada tiene que ver con las que reescriben los paletos que se miran el ombligo en España, ni las Logse de Solana y Maravall, ni las comisiones ministeriales políticamente correctas, seguirá su curso como siempre lo ha hecho. Avanzando y repitiéndose en la inexorable -Toynbeana o Spengleriana, me da igual- confirmación de sí misma.

Creo haber recordado alguna vez que, del mismo modo que los siglos XVI y XVII sentaron las bases de la Europa moderna, el XVIII fue el tiempo de la lucidez y la razón, y acabó abriendo la puerta a la esperanza que galoparía a lo largo de todo el XIX: la revolución, la fraternidad, las ansias de libertad, justicia y progreso. Nunca estuvo el ser humano tan cerca de conseguirlo como en ese período en el que hombres honrados y valientes se echaron a la calle para cambiar un mundo injusto. Corrió la sangre a chorros, claro. La batalla fue larga y dura, porque los enemigos eran poderosos: el Dinero -el poder sin escrúpulos ni conciencia-, el Estado tradicional -el poder corrupto en manos de los de siempre- y la Iglesia -el poder del fanatismo y la manipulación del hombre a través de su alma-. Lo cierto es que hubo momentos en que estuvo a punto de lograrse, y así entró la Humanidad en el siglo XX: décadas que fueron turbulentas y terribles, pero también de esperanza, cuando el viejo orden se desmoronaba sin remedio y parecía que el mundo iba a cambiar de veras.

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19/6/2005

Perros e hijos de perra

Filed under: — Quintanar @ 8:48 pm

Después de que un pit bull-stadford matase a una mujer en Las Palmas, leí varios reportajes sobre perros de presa. Uno es de Francisco Perejil, joven escritor de novela negra y tal vez el último gran reportero de sucesos de este país, de esos capaces de mezclar sangre con tinta y alcohol; un fulano que merecería plomo de linotipias y teclazos de Olivetis en vez de oficio aséptico, mingafría y políticamente correcto en que algunos han convertido el periodismo, con libros de estilo que dicen La Coruña sin ele y becarios que aspiran a ser editorialistas o corresponsales en Nueva York.

El reportaje de Perejil contaba cómo criadores sin escrúpulos y apostadores clandestinos, alguno de los cuales se anunciaba en revistas especializadas y monta sus negocios ante la pasividad criminal de las autoridades, organizan peleas de perros. Cuenta Perejil la crueldad de entrenamiento, las palizas y vejaciones que les inflingen para convertirlos en asesinos; cómo empiezan a probarlos contra otros perros desde que son cachorros de cuatro meses y cómo algunos mueren tras aguantar peleas de hora y media. Pero el reportaje, que era estremecedor, no me impresionó en su conjunto tanto como la frase del texto: “El perro, si ve que su amo está a su lado, lo da todo”.

Y, bueno. Algunos de ustedes saben que la vida que en otro tiempo me tocó vivir abundó a veces en atrocidades. Quiero decir con eso que tampoco el arriba firmante es de los que ven un mondongo y dicen ay. Tal vez por eso el horror y la barbarie me parecen vinculados a la condición humana, y siempre me queda el consuelo de que el hombre, como única especie racional, es responsable de su propio exterminio; y que al fin y al cabo no tenemos sino lo que nos merecemos, o sea, un mundo de mierda para una especie humana de mierda. Pero resulta que con los animales ya no tengo las cosas tan claras. Con los niños también me pasa, pero la pena se me alivia al pensar que los pequeños cabroncetes terminarán, casi todos, haciéndose adultos tan estúpidos, irresponsables o malvados como sus papis. En cuanto a los animales, es distinto. Ellos no tienen la culpa de nada. Desde siempre han sido utilizados, comidos y maltratados por el hombre, al que muchos de ellos sirvieron con resignación, e incluso con entusiasmo y constancia. Nunca fueron verdugos, sino víctimas. Por eso su muerte sí me conmueve, y me entristece.

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12/6/2005

El señor de luto

Filed under: — Quintanar @ 10:45 am

Felipe II

Hace un par de días subí a El Escorial con mi amigo Pepe Perona, maestro de Gramática. Nos acercamos a rezarle un padrenuestro a la tumba de don Juan de Austria, nuestra favorita, y luego estuvimos respirando Historia en el panteón donde están enterrados -salvo un gabacho- todos los monarcas españoles desde Carlos V hasta ahora, o sea, casi nadie al aparato. Partiéndonos de risa, por cierto, con unas guiris que alucinaban por la cosa de los siglos, porque ellas lo más viejo e ilustre que tienen es el kleenex con que George Washington se limpió los mocos al cruzar el Potomac, o lo que cruzara el fulano. Que al fin y al cabo, como apuntó el maestro de Gramática, unos tienen una tecnología cojonuda y otros tenemos memoria.

El caso es que luego, caminando bajo la armonía simple y perfecta de aquellos muros y aquellas torres, nos acercamos hasta la exposición del cuarto centenario de la muerte de Felipe II. Zascandileamos por ella sin prisa, disfrutando como críos entre libros venerables, cuadros, armaduras, armas, objetos religiosos, monedas, retratos y todo lo que permite aproximarse, en sus dimensiones de luz y de sombra, a una época extraordinaria; cuando España, o las Españas, o lo que esa palabra significaba entonces, era potencia mundial indiscutible y tenía a la que hoy llamamos Europa bien agarrada por las pelotas.

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5/6/2005

El gringo malo

Filed under: — Quintanar @ 10:39 am

Hace casi tres décadas, cuando el arriba firmante era un piolín recién llegado al diario Pueblo, compartía con los redactores de la sección de Internacional un feroz antiamericanismo. Eran los tiempos de Vietnam, de la crisis del petróleo, de Chile, de la CIA metiendo mano por todas partes incluida España; y uno creía tener muy claro dónde estaban los malos y dónde los buenos. Yo pedía ir siempre voluntario con los buenos; y los buenos eran palestinos, vietcongs, sandinistas y, en general, los que combatían a dictaduras y gobiernos sostenidos por Estados Unidos. Fernando Latorre, Chema Pérez Castro, Pedrusquiño y los otros redactores veteranos, que para mí eran la voz de la sabiduría, la experiencia y el oficio, profesaban odio bereber a todo cuanto oliese a gringo; y yo compartía su punto de vista, entre otras cosas porque me pasaba la vida yendo a lugares donde podía comprobar, en mi propia carne y en la de los desgraciados a los que veía bombardear, torturar y matar, los efectos de la política exterior norteamericana.

Luego pasó el tiempo, y los Estados Unidos metieron el rabo entre las piernas y estuvieron unos años achantados, digiriendo su propia basura, que era mucha. En cuanto a mi punto de vista sobre el origen de los males universales, fue modificándose con el natural curso de la vida. Anduve de acá para allá, vi cine alternativo, conocí a norteamericanos maravillosos como Rust, el cámara de la CNN, o la fotógrafa Corinne Dufka, o Howard, mi agente literario neoyorkino; y terminé descubriendo lo que, tarde o temprano, descubre todo el que no es completamente imbécil: que eso de los buenos y los malos es mentira, que lo mismo degüella una daga artesana bendita por Alá que una bayoneta de M-16 fabricada en Illinois -o en donde fabriquen los gringos sus bayonetas-, que en todas partes hay gente estupenda, y que los verdaderos hijos de puta no tienen patria concreta, porque arraigan donde los eches. No hay más que ver lo surtidos que andamos por aquí.

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29/5/2005

Casas Viejas

Filed under: — Quintanar @ 8:32 pm

Tengo un amigo que se llama Fran y tiene veinte años. Fran Vive en Benalup, un pueblo de la provincia de Cádiz, y sueña con escribir. No con ser escritor, que nada tiene que ver; sino con escribir un libro. Uno concreto, que tal vez tuvo simiente cuando él sólo era un crío, en la casa donde su abuelo, entre trombosis y trombosis, le hablaba de la guerra civil y de los tiempos de la república. Le hablaba de Casas Viejas.

La generación de Fran, por supuesto, ignora qué significa el nombre de Casas Viejas. Ignora que en el año 1933 aquélla era tierra donde la gente moría de hambre junto a cortijos inmensos acotados para cazar o para la cría de reses bravas. Por eso un día los campesinos anarquistas agarraron la escopeta y la canana con postas y proclamaron el comunismo libertario en aquel rincón de Andalucía. Luego se tiznaron la cara con picón, tomaron el cuartelillo de la Guardia Civil como quien asalta la Bastilla y le pegaron un tiro al sargento. Y cuando el Gobierno de la República mandó a restablecer el orden al capitán Rojas y a más de un centenar de guardias de asalto y guardias civiles con la famosa orden «ni heridos ni prisioneros, los tiros a la barriga», casi todos los sublevados se echaron al monte. Casi todos menos seis hombres y dos mujeres que en la choza de paja y toniza del Seisdedos se batieron durante trece horas a tiro limpio, hasta morir entre llamas, bombas de mano y fuego de ametralladora. Después, exasperados por la resistencia y resueltos a hacer un escarmiento, los guardias sacaron de sus casas a los sospechosos de haber participado en la rebelión; y al terminar todo, junto a la choza calcinada, los vecinos contaron catorce cadáveres.

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22/5/2005

La perra color canela

Filed under: — Quintanar @ 9:43 am

El perro estaba suelto en la autovía, solo, desconcertado, esquivando como podía los coches que pasaban a toda velocidad. Cuando reaccioné, era tarde. Mientras consideraba el modo de detenerme y sacarlo de allí, lo había dejado atrás. Estacionar el coche con ese tráfico era imposible, así que no tuve más remedio que seguir adelante, mirando por el retrovisor, apenado. Algo más lejos se lo conté a una pareja de motoristas la Guardia Civil: kilómetro tal, perro cual. El cabo movió la cabeza. Nada que hacer, señor. Ocurre mucho. Además, aunque vayamos a buscarlo, no se dejará coger. Nos pondrá en peligro a nosotros y a otros automóviles. Y usted habría hecho mal en detenerse. Además, a estas horas se habrá ido, o lo habrán atropellado. Mala suerte.

Sin duda el guardia tenía toda la razón del mundo, pero yo seguí camino con un extraño malestar, las manos en el volante y la imagen del perro entre los automóviles grabada en la cabeza. Su desconcierto y su miedo. Sintiendo, además, una intensa cólera. Supongo que mientras los automovilistas esquivábamos a ese pobre animal de ojos aterrados que no sabía cómo franquear las vallas y quitamiedos de la carretera, algún miserable regresaba a su casa o seguía camino de su lugar de vacaciones, satisfecho porque al fin se había quitado de encima al maldito chucho. No es lo mismo un cachorrillo en Navidad, en plan papi, papi, queremos un perrito –cuántos perros condenados a la desgracia por esas palabras–, que uno más en la familia al cabo del tiempo: veterinario, vacunas, dos paseos diarios, vacaciones, etcétera. Entonces la solución es quitárselo de encima. Posiblemente así lo decidió el dueño del perro que estaba en la autovía: una parada en el arcén y ahí te pudras. También es lo que hizo, tiempo atrás, un canalla en una gasolinera de la nacional IV: el dueño de una perra color canela a la que no olvidaré en mi vida. Llevo doce años escribiendo esta página, y no recuerdo si alguna vez hablé aquí de ella. Ocurrió hace tiempo, pero lo tengo fresco como si hubiera ocurrido ayer. Y aún me quema la sangre, porque es de esos asuntos a los que me gustaría poner un nombre y un apellido para ir y romperle a alguien la cara, aunque eso no suene cívico. Me da igual. Con chuchos de por medio, lo cívico me importa una puñetera mierda. Ningún ser humano vale lo que valen los sentimientos de un buen perro.

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15/5/2005

Una ventana a la guerra

Filed under: — Quintanar @ 7:28 pm

Murieron en Iraq hace unas semanas. No sé si cuando esto se publique habrá alguno más. En cualquier caso, españoles o no, seguirán muriendo; en ésta o en la siguiente guerra. Eso nada tiene que ver con la ingenuidad de quienes sueñan con un mundo perfecto, ni con la obscena demagogia de quienes convierten en votos cada niño quemado y cada muerte. Ninguna guerra es la última, porque el ser humano es un perfecto canalla. Y para contar lo más brutal de esa infame condición humana, seguirán muriendo periodistas.

No conocía a Julio Anguita Parrado ni a José Couso. Eran jóvenes, y yo me jubilé después de los Balcanes; donde, por cierto, enterramos a cincuenta y seis colegas. No sé qué llevó a Julio y José hasta el misil o la granada que los mató, aunque puedo imaginarlo. En cuanto a por qué murieron, debo decir lo que creo: que murieron porque querían estar allí. Fueron voluntarios a un lugar peligroso, y el padre de Julio Anguita lo resumió con una entereza admirable: “Mi hijo murió cumpliendo con su deber”. Punto. Hacían un trabajo duro, y salió su número. En la lotería donde se combinan el azar y las leyes de la balística, les tocó a ellos. Suma y sigue. El resto es demagogia y literatura.

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8/5/2005

Jurados del pueblo popular

Filed under: — Quintanar @ 1:04 pm

Me sonaba el asunto, así que acabo de remover papeles viejos para comprobarlo. Y sí. En noviembre hará ocho años, mi artículo de esta misma página se titulaba No quiero ser jurado, y en él explicaba las razones en mi constructivo tono habitual. Nunca en este país de hijos de puta, era más o menos la conclusión del asunto. A estas alturas de la feria no voy a tirarme pegotes, porque tampoco era difícil prever lo que se avecinaba; pero ahora, después de lo del fulano que se cargó a los ertzainas y la metida de gamba con Dolores Vázquez y compañía, debo reconocer que me quedé corto. Y además, rectifico. Entonces sostuve que era mejor no depender del capricho, antipatía, senilidad o mala digestión de un fulano, sino de doce. Y no. Me lo envaino. Lo de los doce es todavía peor. Lo del jurado popular integrado por el pueblo. Además, hace ocho años todavía no habíamos ganado a pulso el título de sociedad basura que ahora ostentamos con desvergüenza, aunque íbamos de camino.

Me explico. En aquellos tiempos podía tocarte, a lo peor, un jurado de espectadores de Código Uno -ése fue mío durante mes y medio- o de Lo que necesitas es saber dónde. O sea. Basurita más o menos controlable. Los que ahora pueden juzgarte son espectadores contumaces de Gran Tomate, Salsa Marciana y demás. Gente que tiene en la tele exactamente lo que pide. Y lo que pide es espectáculo sin reglas, protagonizado por profesionales de la telemierda. Como la fórmula es eficaz, ya no se limita al ámbito clásico de las bisectrices de Carmen Ordóñez o Sara Montiel, sino que contamina todos los aspectos de la información general. Y así puede verse a cualquier pedorra autocalificada de periodista hablando de derecho penal a las cuatro de la tarde, a un maricón de penacho de plumas y pandereta subido a una mesa explicando cómo habría resuelto él la guerra de Iraq, o a un putón esquinero fichado como comentarista rosa explicando por qué le ve cara de asesina a ésta o aquélla. Amén de las rigurosas encuestas televisivas de costumbre a pie de obra, con los vecinos de la víctima o el verdugo aportando su objetiva lucidez al asunto.

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1/5/2005

Sobre mendigos y perros

Filed under: — Quintanar @ 7:25 pm

No tengo nada contra la mendicidad ni los mendigos. Al contrario. Lo mismo me da que sean forzados por la necesidad –que también, aunque hay menos– o de oficio. Allá cada uno con su forma de ganarse la vida. Tampoco te obligan, oye. Les das o no les das. A mí, según las pintas que tienen, los lugares que eligen para currárselo y las actitudes, me gusta echarles una mano, pagar una caña, un paquete de tabaco, escuchar su historia real o fingida. Me agradan sobre todo los que no disfrazan su condición y se proclaman mendigos a mucha honra. En los soportales de la Plaza Mayor de Madrid hay varios sentados al sol, borrachines, felices con un pitillo y un cartón de vino barato. Están muy crecidos, por cierto, desde que a una concejal o algo así, víctima de lo socialmente correcto, se la cepillaron los del Ayuntamiento porque pidió que retirasen a los mendigos de allí con motivo de no sé qué fiesta, o presentación de algo. Les oyes contarlo y te rulas de risa. De aquí no nos quita ni Dios, etcétera. Las guiris rubias y blanditas les hacen fotos, medio fascinadas y medio horrorizadas, mientras ellos, entre sorbo y sorbo al Don Simón, les dicen lo que les van a comer si la ocasión se tercia. Me encanta.

Alguna de las variedades mendicantes, eso sí, se me atraviesan en el gaznate. Como cierto fulano que se aposta en la boca de un aparcamiento con ropas raídas y actitud misérrima, al que ya he visto varias veces por la calle, los días que libra, vestido con coqueta corrección e incluso chulito de aires. Otros mendigos a quienes no trago son esos tíos como castillos que se arrodillan en mitad de la calle con los brazos en cruz y con imágenes y estampitas del Sagrado Corazón, de Santa Gema o de San Apapucio, y que te dicen tengo hambre, tengo hambre, en tono gimoteante, a veinte pasos de una obra en la que hay siete moros, cinco indios y tres negros sudando el jornal bajo un casco de albañil. Con esos mierdas siempre tengo la impresión de que si me fuera a una tienda y les comprara una navaja, no sabrían qué hacer con ella. Como le decía a uno de ellos en la calle Preciados –se lo conté a ustedes hace tiempo, en esta misma página– aquel otro mendigo punki con flauta en el cinto, botas de paracaidista y pelo mohicano: «Ni para pedir tienes huevos, hijoputa».

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24/4/2005

Déjenme morir tranquilo

Filed under: — Quintanar @ 3:18 pm

He escrito alguna vez que vienen tiempos duros, predicción para la que tampoco hace falta ser muy perspicaz. Nunca hubo tantos imbéciles imponiendo su dictadura, ni tanta gilipollez elevada a la categoría de norma obligatoria. Nunca al qué dirán y a lo socialmente correcto se le dio tanto cuartelillo. Nunca condicionó tanto nuestras vidas el capricho de las minorías, la demagogia de los oportunistas, la estupidez de los tontos del culo. El ejemplo de cómo ese delirio vuelve a las sociedades enfermas e irreales lo tenemos en aquellos países que nos preceden en el asunto; pero en vez de ponérsenos los pelos de punta al advertir los riesgos y el abismo, nos adherimos con el entusiasmo desaforado del converso. En esta España a menudo escasa de cultura y de criterio, cuando se pone de moda una estupidez, en vez de llamarla por su nombre y ocuparnos de cosas más urgentes, nos ponemos a considerarla con toda seriedad. Ninguno de nosotros se la traga de verdad, pero miramos de reojo a los otros, vemos que nadie protesta y que todos –que a su vez nos miran de reojo a nosotros– parecen aprobar la novedad. Así que, haciendo de tripas corazón, nos resignamos a esa enésima vuelta de tuerca.

No deja de tener siniestra gracia que Europa, que alumbró palabras como democracia y derechos del hombre, y que pese a lo que está cayendo permanece como referente moral de lo que aún llamamos Occidente, en sus comportamientos sociales tenga como referencia las actitudes, los valores de una sociedad tan enferma e hipócrita como la norteamericana. En materia de sanidad, por ejemplo, y me refiero a hospitales, dolor, muerte y todo ese cuello de botella por el que, tarde o temprano, la mayor parte de nosotros termina pasando, sospecho que vamos a terminar como en los Estados Unidos, donde nadie se atreve a poner una inyección si no es delante de su abogado, porque en cuanto le irritas un poro a un paciente, te denuncia y te saca una pasta flora, en un país donde un fulano se fuma tres paquetes diarios durante cincuenta años, y encima, cuando palma, su familia le trinca una millonada a las tabacaleras. De ayudar a bien morir, ni te digo.

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17/4/2005

Matando cofrades

Filed under: — Quintanar @ 8:54 pm

Captura de pantalla de

Acabo de ponerme ciego a matar cofrades y nazarenos de Semana Santa, pistola en mano, con el fondo de La Macarena, el Gran Poder y el Cristo de San Bernardo. Bang, bang, bang. Todo eso, por supuesto, en la pantalla del ordenata. Pistola virtual, claro. Matanza cofrade, se llama el juego. Matanza uno y matanza dos, porque tiene segunda parte. La mano guasona de un amigo sevillano me lo envió todo ayer. Un juego cutre y de pésimo gusto, por cierto. Más que para matar cofrades de la Semana Santa, el juego es para darle patadas en la boca al patoso que lo parió. Pero la cuestión es otra. Al patoso que lo parió, que por lo visto es un informático de Utrera, las cofradías sevillanas le piden un año de cárcel y ocho mil mortadelos de multa. Como lo oyen. O leen. Cuando Matanza cofrade 1 apareció en Internet –la segunda parte es de otro fulano que se sumó por su cuenta y en plan solidario al escabeche–, las cofradías, que en Sevilla mandan más que un capitán general cuando los capitanes generales mandaban algo, hicieron detener al autor por la Guardia Civil, la fiscalía intervino, y un juzgado dictó auto de apertura de juicio oral, que aún está pendiente. Resumiendo: al pazguato de la matanza lo pueden meter en la cárcel por atentar «contra los sentimientos religiosos y contra la propiedad industrial». Como ustedes, supongo, yo también aluciné una miaja con eso de la propiedad industrial, hasta que me informaron de que las imágenes del Gran Poder y la Esperanza Macarena están registradas como marcas. Para entendernos: si usted se aplasta un dedo con un martillo y blasfemando en arameo se cisca en algo, ojo. Puede estarse ciscando en una marca registrada. El siguiente paso puede ser la Menetérica, que decía Chiquito de la Calzada, llamando a su puerta. Así que cuidadín, pecadores de la pradera. Con la Semana Santa de Sevilla no se juega.

Uno comprende ciertas cosas, y se le eriza el vello con otras. Lo del vello no es de oír el paso racheao de los costaleros, precisamente. Se puede estar, sin pegas, de acuerdo con el asunto base: Matanza cofrade es una cutrez. Lo que le reprocho al informático de Utrera, que ni sé cómo se llama, ni me importa, no es que haga un juego para liquidar cofrades; cosa que puede tener, incluso, su puntito si se hace con gracia y talento. A veces también a mí me entran ganas –virtuales, por supuesto– de moverme con cartuchos de postas entre algunas tonterías y ciertos excesos, cuando las cosas rebasan lo razonable y se vuelven cursilería meapilas y capillita exagerá. Lo que le reprocho al autor del juego es que lo haya perpetrado de una manera tan mediocre y desabrida. Tan chapucera.

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