Hijos de Eva

10/4/2005

La chica del burguer

Filed under: — Quintanar @ 8:23 pm

Era viernes por la noche, casi la hora de entrada de los cines. La hamburguesería estaba llena hasta los topes, y ella -que llevaba puesto un espantoso gorrito de colores y tenía aire cansado- se movía entre los envases de plástico, el mostrador y el micrófono para los pedidos. Una hamburguesa doble, patatas fritas, uno de jamón y queso, repetía con voz monocorde yendo y viniendo como una autómata, la mirada ausente, agotada. La imaginé levantándose muy temprano, allá en cualquier barrio a una hora de metro del centro de la ciudad. Debía estar siendo una de esas jornadas laborales largas como un día sin pan, y se le notaba en los ojos con cercos de fatiga, en la forma en que preguntaba qué va usted a tomar sin mirarte siquiera la cara.

Ignoro cuántas hamburguesas llevaba despachadas aquel día. Quinientas. Mil, quizás. Cualquiera sabe. Creo que en otro momento del día, vestida de otra forma y sin aquel inmenso cansancio asomándole a los ojos, habría parecido bonita. En la cola, pidiendo hamburguesas y cocacola, veinteañeras de su edad comentaban la película que iban a ver dentro de un rato. Ropa cara, etiquetas, zapatos de marca, tejanos de los que salen en la tele, cosas así. Chicas de las que pueblan los anuncios de no se nota, no se mueve, no traspasa. Yogurcitos, que diría mi amigo Salvador Gracia Segovia, en su celda de castigo del Puerto de Santa María. Y allí estaba ella echándole horas al otro lado del mostrador, con aquel ridículo gorro en la cabeza, sirviéndoles hamburguesas para que pudieran luego irse a ver a Schwarzenegger a gusto, con la tripita llena. Total. Que pagué mi consumición, cobró mirándome sin verme -observé que tenía mordidas las uñas- , respondió con mecánico » a usted» a mi «gracias», y salí de su vida sin haberme asomado siquiera a ella. Después me senté en la terraza de un bar próximo a la hamburguesería, a echarle un vistazo a ese libro que ha escrito Mario Conde, y que resulta más estremecedor por el infame ganado que describe que por lo que cuenta. Y al poco la vi salir. Debía de haber terminado por fin su turno, porque vestía ropa de calle y se detuvo un instante en la acera, mirando alrededor. El chico estaba apoyado en una jardinera. Llevaba el pelo largo y revuelto, una cazadora de cuero, botas y una moto de mensajero. Entonces ella fue hacia él y se le abrazó como un náufrago puede abrazarse a un salvavidas y se besaron, y yo volví con Mario Conde.

Después, al rato, alguien dijo algo en la mesa de atrás sobre la juventud, y sobre los ideales, y sobre la falta de no sé qué, y yo cerré el libro, y miré hacia el tráfico que se había tragado media hora antes a la pareja, y me hubiera gustado volverme y decir de qué juventud habla usted señora. De esa que sale en los anuncios y en las encuestas sobre universitarios y en la ruta del bakalao, de su sobrina Maripili, señora, que la preñó el novio que estudia Arquitectura, una tarde, porque se aburrían viendo el Príncipe de Bel Air, o de la otra, la que se levanta a las seis de la mañana y se pega una hora de tren, de metro o de autobús, para estar después ocho o diez horas sirviendo hamburguesas, enlatando pimientos o limpiando casas ajenas a fin de llevar un jornal a su casa. De esos jóvenes que trabajan y luchan o quieren hacerlo, de las parejas que aún tienen veinte años y ya parieron hijos que sólo heredarán la cola del paro, la ausencia de esperanza. De los miles de jóvenes engañados, estafados, puestos en la Calle De Ahí Te Pudras por esa cuerda de trileros que, con los votos de mi generación, prometió ponerles un piso y atar sus perros con longanizas, y que ahora empezará a esfumarse impune y discretamente, como de costumbre, dejando esto hecho un solar. Y el que venga detrás, que arree.

Aquella tarde me hubiera vuelto para decir todo eso hacia la mesa de atrás. No sea barata y facilona, señora. Mueva el culo, cruce la calle a masticar una hamburguesa un día de fiesta y jolgorio juvenil, y eche un vistazo detrás del mostrador antes de mezclar las churras con las merinas. So capulla. Al menos, me dije, la chica de la hamburguesería y el mensajero de la moto se besaban en la boca despacio, con infinita ternura, y eso era algo que nadie les podía quitar. Tal vez en ese momento se acariciaban el uno al otro, abrazados en algún lugar al extremo de la ciudad, y la hamburguesería, la moto, el resto de este jodido país y del jodido mundo estaban a miles de años luz, muy lejos. Entonces les dediqué una sonrisa amarga y cómplice, pedí otra cerveza y volví al libro de Mario Conde.

[Arturo Pérez-Reverte, 1994]

Tenemos 2 comentarios para “La chica del burguer”

  1. Antonio:

    Es un texto estupendo para hacer ver a los pijos como yo que otras personas que viven aquí alao estan siendo explotadas por multinacionales dirigidas por empresarios que solo miran por si mismos.Y los jovenes vivimos en nuestro mundo yupi pensado unicamente en nuestra felicidad y sin darnos cuenta lo putas que lo esta pasando el projimo simplemte por nacer en una familia sin dinero para pagarla la universidad. Otro sistema es posible y necesario

  2. Proletario:

    Yup! Eso es. ¿De qué juventud me habla señora? Porque lo mismo que hay chavales currando desde los 16 hay otros que no empiezan hasta que lo tienen todo hecho, con carrera y master y enchufe. Clientes de primera de bancos e inmobiliarias, que se los rifan. Gente que tiene tiempo para aburrirse y pensar cómo me peino o qué me pongo hoy. Los currantes no sólo servimos a los ricos sino además hemos de aguantar sus desprecios… a esa pareja nunca la tratarán con el mismo respeto que a los que tienen pasta. Y tendrán que seguir aguantando bakaladeros y Maripilis mientras subsista esta sociedad de clases. Aborrezco la visión tan distorsionada que se da de la juventud en algunos medios, especialmente revistas (de moda, de bancos o esas para chicas atrevidas) y series televisivas. ¿En qué mundo viven? En el mío desde luego que no. Quien quiera apuntarse un rato a mi universo que me llame que tengo varias decenas de miles de folletos que repartir. Dar un poco el callo es cura cojonuda contra la pijería. De doblar la espalda sí te empachas, no de hamburguesas. Cagoenlosniñatos.

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