Hijos de Eva

14/2/2005

Memorias de un programador

Filed under: — Quintanar @ 11:41 pm

Pues nada. Vuelvo a ser soltero, por no querer admitir algo que no era cierto. El lunes voy y le digo al gordo que es un inútil y que el workflow por el que la empresa le ha pagado tres salarios cuya suma daría de comer a una familia numerosa durante varios años es una birriosa caja de huevos, y a la puta calle. Si sigo fiel al dos y dos son cuatro, en breve viviré yo solito bajo un puente y subsistiré comiéndome mi propia mierda. Aunque igual es lo que ya estoy haciendo.

Esto es la maldición del sentido común. Uno ve un cuadrado y dice «mira, un cuadrado». Y resulta que las normas sociales, lo políticamente correcto, los sistemas educativos, las carreras profesionales, en definitiva la humanidad entera parece estar edificada sobre el pilar de que aquello es un círculo y te lo tienes que llevar rodando, calladito y sin rechistar, con iniciativa y motivación propia. Y como se te ocurra ni siquiera mencionar que aquello parece cuadrado, miles de años de moral se te echan encima con la fuerza del big bang. Eres un radical egoísta soberbio anarquista conflictivo que cree ver un cuadrado por motivos de inmadurez, cobardía, odio a la humanidad, envidia, resentimiento.

Realmente es difícil. Uno solo pretende seguir su camino, pero parece que siempre obstaculiza el camino de alguien. ¿Por qué? Tal vez muchos de los caminos de los demás estén previamente construidos sobre la libertad de uno. Nota: tengo que ver a un psiquiatra. Estoy empezando a pensar en grandes conspiraciones.

Y es que la lógica me había ocasionado siempre graves problemas. Me sobraba tiempo para un flash back así que me quede mirando a la pared con expresión nostálgico-confusa, hasta que todo empezó a volverse blanco y acuoso.

De pronto tenía ocho años. Estaba en el colegio, una tarde, dando clase de ciencias. Monotonía de lluvia tras los cristales. Sacaba las mejores notas, mi conducta era ejemplar. La profesora nos estaba hablando sobre los minerales. Yo la admiraba, tan alta, tan lista, ella siempre tenía respuestas para todo. Y yo siempre tenía muchísimas preguntas.

Algún niño preguntó:

Profesora, ¿de dónde sale la lluvia?

Yo lo sabía, lo había visto en la tele. Levanté la mano, pero ella dijo:

– La lluvia la hace Dios.

Yo no lo entendía. Los profesores no podían equivocarse. Dije:

Pues yo he visto en la tele que el agua del mar se evapora y se hace nubes, y luego se las lleva el viento, y se enfrían y se hacen otra vez agua que es la lluvia.

Fue con la mejor de mis intenciones. Yo sólo quería resolver aquel misterio, aquella ilógica contradicción. El concepto de Dios siempre se me había escapado.

¿Eso es verdad, profesora? -preguntó otro niño.

Ella sonrió de una extraña manera que yo no comprendí.

Sí y no -dijo.

Toda mi forma de pensar se basaba en el precepto de que el sí y el no eran incompatibles. Cuando terminó la clase, me entregó una carta para mis padres. Algo se avecinaba y yo no sabía por qué.

Mis padres leyeron aquello. La profesora quería hablar con ellos acerca de mi conducta. Su hijo interrumpe mis clases y no muestra respeto. Mi padre me preguntó qué había pasado, y yo se lo expliqué. Él agarró un cabreo de cojones. Con la profesora, no conmigo.

Al día siguiente se presentaron en el colegio después de las clases. Fueron al despacho de la profesora y exigieron que yo estuviese presente. Intercambiaron formalidades durante un rato y luego entraron en materia.

Señora, haga usted el favor de explicarle a mi hijo de dónde sale la lluvia -dijo mi padre.

Él ya lo sabe perfectamente -la misma extraña sonrisa que parecía culparme de algo.

Pues si tiene razón, ya me dirá usted cuál es su queja respecto a él.

Es que yo soy la profesora y yo imparto las clases…

El primero de mis innumerables conflictos con la autoridad.

-Mire, este es un estado aconfesional. Usted es muy libre de creer lo que le dé la gana el domingo en misa. Pero como de lunes a viernes usted es la profesora, a mi hijo le imparte usted clases de ciencia, que es su trabajo.

Es que las continuas interrupciones de su hijo entorpecen mi trabajo.

Aquello era muy injusto. Yo no había hecho nada. Y de pronto comprendí la sonrisa: ella sabía que no tenía razón, y trataba de ocultarlo. Era una sonrisa de auto disculpa. Allí, a tan tierna edad, me prometí a mi mismo desconfiar de cualquiera que expusiese sus verdades con una sonrisa de imbecilidad autocomplaciente.

Lo cierto es que desconfío de casi todo el mundo.

[Extraído de Memorias de un programador]

Tenemos 2 comentarios para “Memorias de un programador”

  1. rajasthani:

    A veces la fe sirve como venda a los ojos o como excusa simple para la ignorancia. No estoy en contra de las religiones, porque proveen moral y etica para las personas, pero fuera de eso no tienen otra utilidad.

  2. Quintanar:

    Pero ni la moral ni la ética son exclusivas de las religiones. Y no sé hasta que punto es loable que proporcionen una moralidad prefabricada, sin ningún planteamiento por parte del consumidor. Los dogmas de fe siempre me han inquietado.

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