Hijos de Eva

4/6/2005

Sí al matrimonio católico

Filed under: — Quintanar @ 10:51 pm

Estoy completamente a favor de permitir el matrimonio entre católicos. Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo.

El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.

Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos.

Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.

Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas.

También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por «el qué dirán» o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestructuradas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.

Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruin de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: Aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.

Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: También estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.

Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de «¿Católicos adoptando hijos?

¡Esos niños podrían hacerse católicos!». Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bien es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor probabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.

Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.

En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.

Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.

[Extraído de Psicobyte, vía Escolar.net]

Tenemos 10 comentarios para “Sí al matrimonio católico”

  1. Quintanar:

    [Copio y pego un comentario que alguien ha dejado en Escolar.net]

    Ehem… De la lectura de este sabroso escrito extraigo una idea central: Que no son precisamente los católicos un enemigo a batir, sino sus pretensiones de imponer al conjunto de la sociedad un marco jurídico delimitado por sus dogmas de fe, los cuales no estamos obligados a compartir, por más que estadísticamente sea el catolicismo la religión mayoritaria.

    O sea, que si la religión mayoritaria aquí fuera el Islam, por la misma regla de tres deberíamos aceptar que el Código Penal incluyera la máxima pena para la apostasía, la herejía, las «ideologías materialistas»…¿no?

  2. ice:

    me quito el sombrero ante quien haya escrito eso.

  3. Proletario:

    Con tu permiso lo voy a reenviar =)
    Este es el tipo de artículos que me gustaría que me pasases, si no tengo tiempo de echar un vistazo a tu página…

  4. irichc:

    1. INVENCIONES JURÍDICAS Y DERECHOS HUMANOS

    Ulpiano dejó escrito de manera memorable que el derecho natural es aquel que la naturaleza enseñó a los animales, a saber, el derecho a la supervivencia, del que la fe en la inmortalidad no es más que su prolongación lógica en los seres dotados de entendimiento. Ahora bien, lo que en los brutos es mero conato o instinto de conservación, en los hombres es la búsqueda de la felicidad mediante la vida virtuosa.

    Determinar qué es virtuoso, independientemente de lo que la ley diga, es el objeto del derecho natural. La ley se contradice, la razón jamás, de donde deducimos la superioridad rectora de esta última. A estos efectos apunta Suárez (De legibus):

    «… toda vez que este camino de salvación radica en las acciones libres y en la rectitud de las costumbres, rectitud moral que depende en gran medida de la ley como regla de la conducta humana, de ahí que el estudio de las leyes afecte a gran parte de la teología y que, al ocuparse ésta de las leyes, no haga otra cosa que contemplar a Dios mismo como legislador».

    No es necesario, pues, presuponer a Dios para conocer lo justo (los juristas paganos son un buen ejemplo), aunque él sea el único que garantiza la justicia en última instancia y el que da coherencia al sistema de lo verdadero, lo bueno y lo bello.

    El viejo argumento que han usado los empiristas y defensores de la «tabula rasa» moral alega precisamente que los ordenamientos de los hombres son inconsistentes en el tiempo y en el espacio, por lo que no hay que presuponer ninguna base inalterable en ellos. A esto se contesta con el siguiente paralelismo: que, obviando las normas de jurisdicción, también se da una colisión ideal entre los jueces de un mismo país en la aplicación de leyes idénticas, dictándose sentencias dispares en casos análogos. Con todo, tal extremo no resta un ápice de validez a la norma, por lo que hay que concluir -y así lo hacen nuestros juristas- que al menos una de las resoluciones en conflicto está mal fundamentada.

    La voluntad y el consenso tampoco bastan para integrar el poder constituyente. El simple deseo, que compartimos con las bestias, no es el que nos hará llegar a una sociedad justa. Urge, entonces, una definición objetiva de derecho natural, cuya fórmula abreviada propongo acto seguido:

    Tenemos derecho a todo aquello que Dios, la naturaleza y la sociedad nos permitan.

    En caso de darse un dilema ético entre la voluntad de Dios -la razón- y la naturaleza, Dios predomina; si se produce entre la naturaleza y la sociedad, que es naturaleza segunda, predomina la naturaleza primera, de la que aquélla es imagen e imitación.

    Para el primer caso tenemos el abismo que media entre las pasiones, que deben superarse, y las acciones, a las que hay que seguir a pesar de la naturaleza, en vistas a fines potenciales, esto es, intangibles.

    Para el segundo caso está la locura de las sociedades que impugnan su propio fundamento, como las comunidades caníbales o las homosexuales. Negándose el derecho caudal del hombre (recuérdese: la supervivencia), ya sea a través de la subordinación del valor sagrado de la vida al pecado de la gula, como es práctica común entre antropófagos, ya haciendo otro tanto con el de la lujuria, a guisa de los invertidos, se niega al hombre mismo.

    Eso también vale para cierta versión positiva del derecho natural, ampliamente consensuada por las naciones, cuyos preceptos rezan:

    «Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia.

    Sólo mediante libre y pleno consentimiento de los futuros esposos podrá contraerse el matrimonio.

    La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado.»

    Artículo 16 de la Declaración de los Derechos Humanos.

    «Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición».

    Artículo 2.1 de la Declaración de los Derechos Humanos.

    1. Interpretación literal.

    Llamo la atención del lector sobre el siguiente detalle: el primer precepto no habla de restricciones por motivos de sexualidad. ¿No será, pues, que el matrimonio homosexual es contrario a los Derechos Humanos? Si tal cosa se revelase cierta, estaría permitido discriminar a los matrimonios homosexuales, ya que ello no figura como expresamente prohibido en la Carta. En efecto, «… sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión» significa, «a sensu contrario», que pueden contemplarse otras restricciones, como la prevista por razón de sexo o de parentesco.

    La lista, pues, no es abierta. La ley positiva debe ser «scripta et stricta», sin permitir interpretaciones de manga ancha que la desnaturalicen; sobre todo en aspectos cruciales.

    Además, que algo esté permitido («todo lo que no está prohibido») no significa que sea un derecho humano. Así, la facultad de ir a la playa o tener coche pueden ser contrarias a ciertas disposiciones de protección del medio ambiente.

    Todavía más: Si el matrimonio homosexual tuviese el rango de derecho fundamental, no sólo habría que ilegalizar a la Iglesia Católica y a todas las confesiones que lo rechazan, sino también considerar que todos los Estados que no reconocen dicho pseudomatrimonio vulneran las disposiciones básicas de convivencia que se han dado los pueblos. O lo que es lo mismo, el 99% de los que integran la comunidad internacional.

    2. Interpretación histórica y sistemática.

    Por lo cual fingir en un alarde de «espiritualismo» que el legislador ignoraba la prohibición de contraer matrimonio entre personas del mismo sexo es a todas luces un exceso interpretativo.

    Hasta aquí hemos presupuesto que «matrimonio» significa lo que la ideología gay quiere, y ni con esas se ha logrado demostrar que algo semejante se prevea en el texto que se comenta.

    Sin embargo, la realidad es muy otra a la que en un principio dimos por buena, pues por ese término el legislador entiende en todo momento el matrimonio heterosexual, el único existente entonces.

    Así, si bien el artículo 2 extiende en una lista abierta todos los derechos reconocidos en la Carta, no introduce la posibilidad de crear nuevos derechos (el «matrimonio negro» o el «salario chino»), sino que se circunscribe a lo conocido.

    Si se hubiera querido proponer un matrimonio prácticamente sin límites se habría otorgado el derecho a todos, reconociéndose expresamente las excepciones que se estimaran (de parentesco, por sentencia penal condenatoria, etc.). Pero, en lugar de eso, se permite al legislador nacional regular dichos límites con razonable holgura.

    Ahora bien, toda licencia tiene un tope. Sabemos que en algunas zonas geográficas la edad matrimonial es mucho más temprana que en la nuestra. Bajo la concepción jurídica occidental tal posibilidad colisionaría con el derecho a la infancia, esto es, el derecho a no ser explotado durante la edad previa a la pubertad.

    Esta inferencia no puede extraerse del texto mismo de la Carta, por lo que se precisa una interpretación histórica. Si se rechaza en el caso de los matrimonios homosexuales, ¿qué te empuja a no hacer lo mismo con los niños?

    3. Interpretación teleológica.

    Añado que los infantes tienen en el ordenamiento español, por herencia romana, derecho a aceptar donaciones puras. El dato de que idénticos sujetos no puedan contraer matrimonio nos informa de que no se estima que éste sea un derecho simple, sino una relación compleja de derechos y obligaciones, entre las que naturalmente se encuentra el mantener a los hijos. Sin embargo, no puede obligarse a nadie a hacer lo imposible, razón por la cual los homosexuales no están obligados a cuidar de los hijos que no son capaces de tener y, por consiguiente, tampoco disponen del derecho a casarse.

    No tiene ningún fuste dar protección jurídica a una pareja que no espera traer hijos al mundo, ya que eso sería discriminatorio para los célibes, mucho más desvalidos al contar con una remuneración menos. El argumento no se aplica a los estériles, dado que su condición es accidental y no necesariamente definitiva.

    El matrimonio surge como respuesta del Estado al servicio que de modo natural ofrecen a éste las parejas que engendran una progenie y sostienen sus cargas. Sin la obligación actual o futura de mantener la descendencia, el matrimonio carece de sentido.

    Como se ha dicho, los homosexuales no pueden contraer esa obligación de manera autónoma, sino a lo sumo recurriendo al auxilio de la ley (adopción, inseminación, etc.). De ahí se sigue que no tienen un derecho natural al matrimonio, como pareja, pero sí un derecho civil en tanto que ciudadanos, es decir, como individuos.

    El matrimonio homosexual, pues, es una ficción indeseable.

    Además, en el 16.3 de la Declaración se nos dice:

    «La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad».

    ¿Cómo va a ser natural la familia formada por homosexuales, si por naturaleza es incapaz de engenderar y perpetuarse en el futuro? ¿Qué clase de fundamento social es el que necesita a la sociedad misma para fundamentarse mediante el reconocimiento de artificiosas prerrogativas?

    Resumiendo:

    1) Queda claro que el artículo 16 sólo puede referirse al matrimonio tradicional, según su interpretación literal, histórica, sistemática y teleológica, las únicas permitidas en Derecho civil.

    2) No es menos patente que el artículo 2 prohíbe restringir el derecho al matrimonio heterosexual, salvo en el caso del parentesco y de la edad mínima, contemplado el derecho a la infancia.

    2. ¿QUÉ ES, ENTONCES, EL MATRIMONIO?

    Todos, hombres y mujeres, pueden amar a Dios, permitiendo su gracia y cesando en cualquier resistencia que contra ella hubieran concebido. Un amor semejante tiene inicio en la pasión y no en la acción, al contrario que el amor mundano, que se incoa en la acción y termina en la pasión.

    Así, cuando amamos al Dios que nos ha amado carecemos de defectos y de limitaciones absolutas. Pero nadie que sea humano, ni los santos, mantiene ese amor siempre. Se salva, entonces, el que lo conserva hasta el final.

    Ahora bien, la mayoría de las mujeres son tal y como las describí en el comentario sobre la teoría weiningeriana del carácter, mas el matrimonio las dignifica.

    Porque el matrimonio da un fin final a la mujer (la maternidad), que hasta entonces era materia prima, y un producto al hombre (el hijo), que era mera forma o potencia. Por él ama aquélla al hijo concreto, a su hijo, en el que ve la imagen o paradigma del padre. Luego, al fin, también consigue amar al padre, su marido, en la concreción de un ser.

    Recuerdo que María, la mujer más perfecta según el cristianismo, no tuvo un verdadero marido. Por tanto, su amor hacia su hijo -reflejo de Dios y de la humanidad- fue pleno e incondicionado.

    De lo que se sigue que la mujer ordinaria es incapaz de amar perdurablemente fuera del matrimonio, es decir, sin confiarse a ese sacramento. ¿Significa lo anterior que todas las mujeres de tal condición, que son la mayoría, vienen a parecerse a las prostitutas? En efecto, aunque sean vírgenes.

    Por otro lado, los hombres, que sí están facultados para amar autónomamente, son incapaces de dar fruto por ellos mismos. Por ende, su amor carnal no es perpetuo si, evitándola, prescinde de esa finalidad carnal y natural, por más que cumpla con los requisitos de reciprocidad y suficiencia.

    En definitiva, habiéndose concebido el matrimonio para satisfacer los fines carnales del hombre y los espirituales de la mujer, es falso y dañino un «matrimonio» que deje al hombre sin hijos y a la mujer sin maternidad, como es el caso de las uniones homosexuales, a las que sólo la demencia puede dar crédito.

    3. EL GAY VA DESNUDO

    El lobby gay y la heterosexualidad degenerada (la homosexualidad siempre lo es) quieren que el sexo sea algo indiferente, neutro, relativo, convencional, intercambiable. Pero el sexo es algo más que echar una cana al aire. En cierto modo es la esencia del hombre, tanto del vulgar y sensual como del extraordinario y espiritual. Ambos se definen en base a su relación con el sexo, sea ésta inercial o racional, obvia o problemática. Negar esta condición constitutiva del sexo es negar al hombre y convertir la humanidad en una especie animal más. Con la diferencia de que, para colmo, se la condena a la más vergonzante y egoísta de las extinciones en el altar de la lujuria.

    Los homosexuales tienen un vicio por su condición, pero no pecan si no consienten a él. Absolutamente nadie puede ignorar indefinidamente las tendencias viciosas, y ningún mortal está libre de pecado. Ahora bien, ¿qué pensaríais de un obeso que intentase elevar la gula a la categoría de privilegio civil? Una cosa es respetar a los homosexuales y otra muy distinta es reconocer a los gays, capitular frente a la bajeza.

    Antes he dicho que el sexo, como valor psicológico, es la esencia del hombre, ya que no hay manera de sustraerse de él mientras se está vivo. Sin embargo, el sexo como valor moral es voluntad de descomposición, de desintegración y de vacío. Es una protesta contra el peso de la existencia. Se opone, entonces, al amor, del que resulta lo contrario: la voluntad de unión, de integración y de lleno, la afirmación de la vida.

    Un monstruo no es tal por su carácter improbable, es decir, por la parvedad de casos de su tipo, pues, si así fuera, también serían monstruos los seres excepcionales, Jesucristo a la cabeza. Ahora bien, el fenómeno monstruoso se da cuando un ser está dotado de órganos o facultades que no corresponden a fin alguno, como por ejemplo, tres ojos en un mismo rostro (que rompen el eje de simetría de la visión), la bicefalia (que impide ejercer autónomamente el control sobre los miembros) o la atracción por personas del mismo sexo, destinada a eliminar el amor de la faz de la tierra, como preámbulo macabro a la desaparición de la raza humana.

    Primero fue el amor sin descendencia («libre»), luego el amor sin compromiso (al que habría que llamar «libérrimo»). Ahora sólo queda el «amor» sin amor, entiéndase, la cópula libertina, esgrimiendo el mero goce escatológico del propio cuerpo en perjuicio de cualquier otra consideración. Hay heterosexuales que «aman» así, pero no están obligados a hacerlo. La institución jurídica del «matrimonio homosexual», por contra, crea un paradigma que desecha cualquier forma de relación que no sea la fundada en el banal interés erótico.

    No puede haber comunión de ideales ni afirmación de la vida (esto es, familia) desde la perspectiva de la caducidad, como tampoco puede darse la amistad desde la instrumentalización sexual del otro («Para considerar a una mujer nuestra ‘amiga’ sería preciso que nos inspirase alguna suerte de antipatía física», dejó escrito Nietzsche). Los homosexuales degradan el amor, rebajándolo hasta el nivel de la amistad, para acto seguido arruinar la amistad, encerrándola en la mazmorra del sexo.

    Y bien, el origen de la homosexualidad es sociológico, a saber: una mala disposición del padre para que el hijo se identifique con él. Y como el error engendra error, de familias malas pueden salir familias peores y hasta antifamilias o pseudofamilias. ¿Cuál es el quid del descalabro? Una sociedad débil, egoísta e individualizada daría lugar a esta clase de fenómenos inexplicables.

    Hoy los jacobinos, antes iusnaturalistas, olvidan ese límite que el mismo Parlamento inglés se puso: «La ley lo puede todo, excepto convertir a un hombre en mujer».

    La medida legislativa que se comenta no ha sido acordada por ser un avance en materia alguna, sino por resultar electoralmente sabrosa. No ataquéis, pues, a la Iglesia, que siempre dijo lo mismo: atacad al partidillo que desde su fundación hasta la fecha ha tardado 125 años en reconocer y proclamar un «derecho inalienable», como parece al fin que lo es el concubinato homosexual. Mas adelantemos algo de teoría.

    El buen Estado debe reconocer los máximos derechos, que son finitos y consustanciales, y al menos garantizar las libertades, infinitas y de carácter accidental, en tanto que éstas no frustren a los primeros. Es de notar que los derechos se complementan mutuamente (al integrar la noción de hombre), mientras que las libertades de signo contrario (que constituyen al individuo) se limitan recíprocamente. Los derechos, a su vez, constriñen las libertades adversas a su realización, pero ninguna libertad, ejecutada para el caso, puede disminuir un derecho en general reconocido.

    Visto esto, pocos negarán que el trocar una libertad en derecho positivo «erga omnes» equivale a debilitar por un tiempo indeterminado todas las libertades y también todos los derechos naturales que se le oponen (verbigracia, el derecho a la familia). Aquí se une el inconveniente de que con ello no se protege nada duradero que justifique tal gravamen, quedándose la cosa en un mero refrendo «a posteriori» de la voluntad de Zutano y Mengano, privadamente respetable, si bien inútil y redundante en lo público. El individualismo institucional, además de ser una suerte de oxímoron, empobrece la esencia del hombre.

    Un Estado que garantice todos los derechos será o bien perfecto, si los armoniza con la libertad, o bien tiránico, si no lo logra. En adición, un Estado que reconozca todas las libertades se destruirá a sí mismo, convirtiéndose en anarquía. Por último, el que sólo reconozca parte de ellas cederá una fracción de su soberanía a grupos de poder, cual oligocracia.

    Las parejas estables gays, las poquísimas que hay y que habrá, no dan nada a la sociedad, luego la sociedad no les debe nada en tanto que parejas. Ello aún sin entrar a juzgar su aptitud moral, que, por supuesto, yo también discuto.

    El amor, en efecto, es la unión perpetua (o así pretendida) de dos seres y, en el caso de hombre y mujer, unión en cuerpo y espíritu. «Que sean una sola carne»: cualquier otra definición lo desvirtúa. Así pues, el amor erótico, a diferencia del amor intelectual o místico, implica que esa perpetuidad se extienda al cuerpo mediante la descendencia. Y no puede decirse que el «amor» entre homosexuales sea místico, pues es carnal. Entonces, al carecer de fines carnales, es falso amor erótico, es mera lujuria y sometimiento a las pasiones, lo cual -si bien no basta para incapacitar o desacreditar a nadie- tampoco debe conceder derechos de más.

    La sodomía no tiene ningún fin, ni próximo ni remoto, que no sea la obtención de placer. Rascarse un brazo -se me contestará- tampoco cuenta con fines adicionales, y no por ello entra en la categoría de lo anormal o deforme. Pero nadie consagra una parte importante de su vida a rascarse, ni aspira a edificar algo superior a partir de este fundamento. Por ello es un abuso crear instituciones jurídicas «ad hoc» que, más allá de la protección contractual, amparen derechos inexistentes, como el que puedan tener los zurdos a trepar escaleras violetas. Máxime cuando tales prerrogativas individuales se oponen a derechos inalienables de la sociedad, por ejemplo, el de fundar una verdadera familia.

    Pero advirtamos este extremo: El matrimonio civil es el sometimiento del compromiso eterno a la contingencia contractual, la permuta de la fidelidad de dos por la voluntad de uno y otro. Sólo hay un matrimonio: el que nace queriendo durar para siempre; sólo Dios puede refrendar pactos incondicionales, indisolubles en sí y superiores a todo albedrío una vez consumados.

    Si el matrimonio civil ha logrado prosperar ha sido dado su parasitarismo con respecto al católico, empezando por el nombre. A pesar de ello, ha supuesto una brecha en la noción sacramental de la familia, que ahora se concibe con los trazos pragmáticos de una sociedad en comandita. No es extraño que ya muchos vean en esa versión descafeinada y falsa de matrimonio, y por extensión también en el matrimonio católico, un «papeleo inútil», prefiriendo a cualquier vínculo formal la ausencia completa de sujeción, el mero estado de facto, la idílica beatitud primitiva.

    Viene entonces cuando, en un ataque de inconsecuencia, «el pueblo», el atolondrado pueblo, exige que se legisle sobre las parejas de hecho porque la razón natural y la «igualdad» lo requieren. Salimos, pues, de una regulación para caer en otra. ¿Con qué fin? Protegernos de nuestra propia voluntad, aunque lo hagamos de manera artificiosa mediante la ley, que imaginamos no impuesta, sino emanada de nuestras conciencias.

    El «matrimonio homosexual», en fin, es un paso más en este montaje metafísico-jurídico, nacido para vaciar al hombre de sus responsabilidades irrenunciables en favor de un Estado omniabarcante, cuyo proceder no debe cuestionarse ni siquiera en el fuero interno. Se trata en definitiva del sueño de un déspota como Napoleón, perpetuado en el ideario fáustico del ateo.

    Además, el placer sexual es una pasión y, por consiguiente, carece de fines propios. Los homosexuales no reinvindican el derecho al amor (eso iba a ser como reinvindicar el derecho a la alegría: una estupidez), sino al placer. La capacidad de amar no puede regularse de forma directa, pues es de naturaleza interna. Sólo se regulan los actos externos, a saber, la consecución de una descendencia, a cuyo núcleo afectivo llamamos familia, o en su caso, la búsqueda del mero goce, a la que nos referimos como concubinato. La homosexualidad queda forzosamente reducida a este último supuesto.

    El sexo es siempre promiscuo, el amor es lo único que le pone freno. Y el amor necesita un cauce o fin duradero para no extraviarse ni agotarse demasiado pronto. Así pues, el «amor homosexual», aun si existiese, cosa que niego, no tendría nada que ver con el matrimonio al no contar con fines naturales.

    Los gays reclaman el derecho al matrimonio para escarnecer el amor y, mediante su marginación, parecer ellos menos enfermos. Se intenta dar una solución sociológica a un problema psicológico, arrastrándose a todo el cuerpo social en una caída en picado hacia la animalidad.

    Las características del amor son tres:

    1) Ánimo de perpetuidad

    2) Intención de reciprocidad

    3) Suficiencia

    Cuando se cumplen las tres se da el amor en cualquiera de sus vertientes: consanguíneo, erótico o místico, de menor a mayor sublimidad.

    La condición del amor consanguíneo, el más terreno, no puede perderse nunca, ya que es innato. Basta, en efecto, con que se den relaciones de parentesco lo bastante claras como para permanecer en la conciencia del amante. No es de extrañar que sea también el afecto más común entre los hombres y el primero en manifestarse.

    El amor erótico está a medio camino entre lo innato y lo gratuito, entre lo pasivo y lo activo. Su condición es la unión carnal: no admite separación definitiva y exige su símbolo de perpetuidad en la progenie. De otro modo resulta imperfecto, inacabado. Depende tanto de la propia voluntad como del azar del encuentro y de la armonía de las potencias de los individuos en que se da.

    El amor místico no se adquiere por nacimiento ni por voluntad, sino por irradiación. El deseo que lo alimenta es puramente intelectual, sale fuera de sí y se une por el vértice infinito de la fe.

    Veamos ejemplos de amor bastardo:

    a) Un caso donde se cumple 1 y 2 pero no 3 es, por ejemplo, el de la poligamia, en la que ninguna relación forma un vínculo completo, sino que todos los conatos de vínculo se unen en una masa amorfa.

    b) Si se verifica 1 y 3 pero no 2, topamos con el fetichismo y toda clase de idolatría en la que no podemos ser correspondidos, al tratarse de una entrega unilateral, solipsista y enajenada.

    c) Supuesto típico en el que se dan 2 y 3 pero no 1 es la homosexualidad, que renuncia por principio a la descendencia, el único modo de perpetuación carnal. Y si intenta solventar esto por otros medios externos (v.g., la adopción), entonces deja de cumplir 3 y sale de un fraude para caer en otro.

    d) Cuando se cumple sólo 3, obviándose 1 y 2, nos hallamos ante un vicio que se autoconsume en su propia pasión, pero no pretende durar ni ser correspondido.

    e) La situación por la que se cumple sólo 2, obviándose 1 y 3, retrata un mero ejemplo de seducción sin más pretensiones.

    f) Por último, un caso donde se verifica sólo 1, obviándose 2 y 3, expresa el amor intelectual que el artista tiene para con sus obras, que ni espera ser correspondido ni es autosuficiente, pues toda creación exige un código y una materia donde plasmarse.

    En resumen:

    1) El «amor homosexual» es un acto natural (la cópula) carente de fines naturales (la reproducción).

    2) Todo amor busca unir a perpetuidad (el amor entre madre e hijo, padre e hijo, etc. no busca unir a perpetuidad, porque ya nace unido por el parentesco), pero el «amor homosexual» no sólo no lo logra, sino que no puede lograrlo desde sí mismo.

    3) Luego, o bien el «amor homosexual» no busca unir a perpetuidad, o bien lo busca sin fruto.

    4) Si no lo busca, no es amor.

    5) Ahora bien, si lo busca sabiendo que no puede lograrlo, también es engaño.

    6) Ergo, se elija lo que se elija, aceptadas las premisas, el «amor homosexual» sólo impropiamente puede llamarse amor.

    7) Y, si no se aceptan las premisas, entonces llamad amor a cualquier entretenimiento pasajero, con lo que demostraréis que, para conseguir vuestro cometido habéis tenido que degradar el concepto, tal y como se entiende de ordinario.

    Ahora el único freno contra la poligamia es la «dignidad de la mujer», que se esgrimiría como indisponible frente a aquellas a las que no les importase compartir marido. Pero parece que a nadie le preocupa la dignidad de la familia. Es hipócrita: permitimos uniones contra natura, minoritarias en nuestra sociedad, y les negamos a los inmigrantes sus uniones tradicionales que, siendo incorrectas, al menos no carecen de fines.

    Debo insistir: los gays no buscan ser naturalmente iguales que el resto de parejas, porque es imposible, ya que su condición física y espiritual se lo niega. Buscan que esas parejas sean iguales a ellos: eso sí es posible, y la ley aquí es sólo un instrumento para perpetuar esa práctica marginal. Por lo común la ley reafirma la costumbre generalmente aceptada; en España se ve que también nace para negarla y pervertirla a golpe de chantaje moral.

    No deja de ser sintomático el que muchos os hayáis tomado a modo de cruzada la invención de derechos, queriendo dotar de una dignidad especial a quien de por sí no la tiene. Como el que maquilla a una rana.

    Sólo hacer notar que el «amor homosexual», como el supuesto amor de los animales, carece de fines conscientes o inconscientes. Con la misma autoridad con que hoy se casan hombres con hombres y mujeres con mujeres, podrían «casarse» caballos con yeguas y hasta yeguas con novillos, amparándose la extravagancia en la libre voluntad del campesino. Ahora bien, el consentimiento sin derecho no obliga a terceros, pues es pacto entre criminales; y España y Portugal bien pueden dividirse el mundo en Tordesillas, que el mundo seguirá su curso.

    Daniel.

    http://www.miscelaneateologica.tk

  5. rdln:

    un sabroso artículo, ¡sí señor!
    jajaja.
    ole por esa ironía elegante.

  6. losochenta:

    La ironia es la más afilada de las espadas. El escrito no necesita otro comentario que el de ‘touche’

  7. Mikimoss:

    Desmontando a Irichc: La homosexualidad

    Los escritos de Irichc están repletos de contumaces falacias que, aún siendo desveladas y refutadas una y otra vez por mí y por otros, sigue reproduciendo con el afán de ganar por aburrimiento. El fondo de su argumentación se resume en estos puntos:

    1- El matrimonio se define estrictamente como la unión de un hombre y una mujer para procrear.

    Falso. Etimológicamente la palabra matrimonio significa «vínculo entre madres para la salvaguarda de sus posesiones (los hijos). Su reconocimiento como institución data de las arcaicas sociedades matriarcales (MARTIN-CANO, Abreu). El matrimonio fue, en consecuencia, primigeniamente una institución homosexual. Posteriormente el auge de las sociedades patriarcales modificó tal acepción para hacer de la mujer un patrimonio (posesión del padre) pero conservando su denominación primitiva. Ya en el presente, la definición utilizada por Irichc es religiosa y no la que está presente en nuestro código civil donde no aparece como obligación de los conyuges la procreación.

    2- En todo caso, tradicionalmente el matrimonio siempre se ha entendido como la unión de un hombre y una mujer.

    La historia no constituye un argumento definitivo. Si así lo fuera las prácticas, viejas como la humanidad, de la esclavitud o la discriminación de la mujer (v.g. en su derecho a voto) jamás hubieran sido eliminadas. Los Derechos Humanos, como esbozo de ética laica, son el mejor indicador del progreso de la Humanidad y de que lo que a la luz de la Historia se comprueba como indigno se debe de rectificar.

    3- Los Derechos Humanos hablan de que el matrimonio debe serlo entre un hombre y una mujer.

    Falso. El artículo en el que se reconoce el derecho al matrimonio se refiere a los hombres y las mujeres. No explicita que tenga que ser entre sexos diferentes. La forma del matrimonio se deja al arbitrio de los Estados Partes.
    Por otro lado, el artículo 26 del Pacto de los Derechos Civiles de la ONU reconoce que no se puede discriminar a ningún colectivo por razones de sexualidad.

    4- La homosexualidad es una enfemedad.

    Falso. La APA (Asociación Americana de Psiquiatría) retiró a la homosexualidad del catálogo de desordenes mentales (DSMII) en 1973. La consideración de la homosexualidad como psicopatología y la fundamentación de las terapias reconductivas proviene, salvando los prejuicios religiosos, del psicoanálisis. Sin embargo, como demostró Popper, el psicoanálisis no es una ciencia sino una hermenéutica de los procesos psicológicos.
    Actualmente la APA desaconseja toda terapia destinada a la reorientación de las personas homosexuales. La gran mayoría de los grupos de psicólogos y psiquiatras que aún usan estos métodos se organizan alrededor de organizaciones médicas religiosas como la americana NARTH.

    5- Es que Dios fundamenta el matrimonio así o asao.

    El estado español es un régimen democrático cuyo código máximo, la Constitución, se declara aconfesional. Por tanto ninguna moral religiosa concreta se puede alegar para fundamentar sus leyes. En todo caso la firma de los Derechos Humanos determina que ninguna ley española pueda contravenirlos.

    6- El problema es el nombre. ¿Por qué tratar como igual a lo que no lo es? ¿No sería más justa la consideración de parejas de hecho?

    Es obvio que el que se unan en vínculo afectivo dos personas de diferente sexo constituye un hecho objetivamente distinto a que lo hagan dos personas idénticamente sexuadas. Sin embargo esta distinción también es obvia en la unión de una persona alta con otra baja, de una rubia con una morena, o la de una negra con otra blanca y no por ello la dejamos de llamar matrimonio. A esto se le llama diferenciar lo fundamental de lo accesorio.
    Por otro lado, según el código civil la procreación no constituye una obligación de los contrayentes (si esto fuera así le estaría prohibido el matrimonio a estériles o ancianos) luego una pareja homosexual está en condiciones de cumplir todos los requisitos para constituirse en matrimonio. Estos requisitos son la fidelidad y el cuidado de los vástagos (propios o adoptados). Además en las parejas homosexuales existe la misma capacidad que en las heterosexuales para sentir amor mutuo. Por lo tanto no existe razón para que lo que es fundamentalmente igual se llame de forma diferente.

    7- Un niño tiene derecho a tener un padre y una madre. Es como siempre ha sido.

    Falso. No existe derecho alguno a que un niño posea un padre y una madre (Convención sobre los derechos del niño de la ONU) como sí que lo hay a tener un nombre, una nacionalidad, a conocer a los padres y a ser cuidado por ellos (Art. 7-1).
    Por otro lado los homosexuales han adoptado niños de manera individual desde siempre y no se ha demostrado que esto acarrease ningún perjuicio a los infantes.

    En conclusión, las parrafadas del sujeto Irichc carecen de todo rigor lógico, legal o moral aunque, eso sí, constituyen un valioso ejemplo de homofobia argumentada.

  8. irichc:

    Mikimoss:

    1) Me descubro ante tu magufismo ampuloso y huero. Es difícil decir menos en más palabras.

    El irichc contra el que «peleas» es un imbécil creado por tu imaginación. El verdadero irichc se ríe de ti y se conforma con que ser leído y contestado con honestidad.

    2) Sobre tu punto 7, que es el único al que, a primera vista, podría concederse cierta mordiente: los derechos sólo se reconocen cuando hay amenaza de que sean conculcados. Hasta entonces permanecen en la costumbre y, en su caso, implícitos en la letra de la ley.

    Pues bien, hace una semana el derecho a tener padre y madre era algo que la naturaleza garantizaba de suyo, salva la contingencia de la muerte de los progenitores. Con todo, desde este fatídico día se ha hecho necesario en España (no así en el resto del mundo) reconocer de forma clara un derecho pisoteado, por lo que las futuras convenciones deberían contemplarlo.

    Saludos.

    Daniel.

  9. Francisca Martín-Cano Abreu:

    Feliz Navidad y feliz Cotillón la noche de entrada del año 2006
    Francisca Martín-Cano Abreu

    Mis mejores deseos para que paséis una muy Feliz Navidad y disfrutéis de un grandioso Cotillón la noche de entrada del año 2006.

    [Por cierto, las que con más derecho propio pueden participar en un Cotillón serían las lesbianas y las bisexuales, que sean amantes de tocar instrumentos musicales, del baile y del cante. Ya que con este nombre «Cotillón» (que actualmente denomina, tanto al banquete con música de la noche de final de año como a la danza con figuras), definía hace más de 2.500 años el banquete nocturno que culminaba las fiestas Mistéricas llamadas Cotitias / Cotyttias / Cotisias / Cotiseas / Cotia en Sicilia, en Atenas, Corinto, Tracia, Chíos…

    Y fiestas en las que exclusivamente participaban Sacerdotisas, adoradoras de la Diosa Cotito / Cotytto / Cotis / Kotytto, y su cortejo de mujeres.

    Con los diferentes rituales, esperaban conseguir «mágicamente» prosperidad y abundancia. Incluían: 1: Procesión en la que se cantaba, tocaban címbalos (platillos), tímpanos (tambores) y flautas, mientras bailaban obscenamente danzas lascivas con falos ceñidos a la cadera («Faloforias»). 2: Ingesta de bebidas afrodisíacas. 3: Banquete en el Templo Cotytteión. 4: E incluían cultos mistéricos que les estaban prohibidos revelar bajo pena de muerte, consistentes (según algunos enciclopedistas del Espasa) en «realizar vergonzosos rituales de carácter orgiástico y licencioso» o «cuyos excesos no pueden honestamente describirse». ¡Vamos, que con los falos realizaban actos masturbatorios de amor propio y relaciones lésbicas, con carácter sagrado en honor de la Diosa!

    Y similares a los actos orgiásticos realizados por otras adoradoras de otras Diosas en todo el universo hasta hace 2.500 años, cuando la religión aún era exaltadora de la impudicia femenina, antes de que: Los templos dejaron de ser sitios de culto gozoso para convertirse en centros de penitencia y temor. (Husain, La Diosa, 1997: 101). (Dado que las participantes en las ceremonias sagradas en honor de Diosas: Cotito, Demeter… tocaban címbalos de bronce, consistentes en dos platillos como platos cóncavos con correas para pasar las manos, o con parte posterior hemisférica que se adaptaba a las cuencas de las manos, cuyos anchos bordes planos sonaban de modo estridente al chocar, y terminaban participando en los cultos orgiásticos lésbicos, no extraña que se llamen cimbalitas a las homosexuales femeninas / lesbianas)

    Dado que con la evolución patriarcal fueron los Baptos, varones afeminados al servicio de la Diosa Cotis y otros Sacerdotes en honor de la Buena Diosa, los que invirtieron el rito y alejaron a las mujeres de las fiestas, también tienen derecho los varones a practicar durante el Cotillón, actos homosexuales. Entonces eran ellos los que travestidos y pintados como las mujeres, los que participaban en exclusiva en los ritos nocturnos, bebían en príapos de cristal y cometían toda clase de obscenidades en Atenas, Corinto y en Sicilia.

    Y puesto que tales actos fueron heredados por el ritual cristiano del «Risus paschalis», en el que los Sacerdotes europeos, mostraban a los fieles su falo inhiesto y contaban cuentos indecentes para hacerles reír y los estuvieron practicando durante las cuatro pascuas del año: Navidad, Reyes, Resurrección y Pentecostés, en algunas regiones desde el siglo V al siglo XIX, los Sacerdotes cristianos también tienen derecho a practicar actos homosexuales durante el Cotillón.

    Y dado que en España, no sólo practicaban los actos obscenos, el Sacerdote y algunos fieles medio borrachos, durante el ritual del «Risus paschalis», sino que también las practicaban, las monjas en sus conventos, según han descubierto algunos investigadores, razón por la que se hacían a puerta cerrada (léase: María Caterina Jacobelli, Pepe Rey, Benjamín Hernández…). pues también las monjas tienen derecho a practicar actos homosexuales durante el Cotillón.].

    ¿Y por qué no recuperamos las mujeres el practicar Cotillones con el mismo estilo lésbico, y los varones similares de estilo gay ? Aunque no creemos en la eficacia mágica de que ninguna Diosa Madre nos vaya a enviar prosperidad, sí que creemos en la capacidad de sugestión y de entrenamiento. Si durante el ritual colectivo existe concordia y convivencia entre todos los compañeros de género: para que pueden reír, coquetear, conquistar, bailar y conversar íntimamente entre sí (sin que contempladores del otro género censuren); si se comparte lo mejor de cada uno (incluyendo por tanto las relaciones homosexuales que nos han sido negadas a la mayoría desde la infancia, a pesar de que somos genéticamente bisexuales); y si nos esforzamos en estar alegres y en hacer felices a las demás, se nos insuflará la energía para vincularnos.

    Todos, homosexuales y heterosexuales, cristianos y ateos tenemos derecho a un Cotillón navideño lleno de amor y sexo colectivo, ya que nuestros ancestros lo han practicado, muchos miles de años antes de que la ñoñería convirtiera la fiesta en familiar, aburrida y boba.

    Así que ¡cimbalitas, gays y resto de la humanidad heterosexual, cristianos y ateos, disfrutad de un placentero y afrodisíaco Cotillón la víspera de año nuevo 2006, seguido del acto sexual como os dé la gana!

    Así entraremos en el año nuevo todos unidas con el corazón lleno de esperanza y plenas de ilusión para alcanzar prosperidad o cualquier meta en favor de los derechos que deseemos.

    Un abrazo, Francisca

  10. Kish:

    1)El “amor homosexual” es un acto natural (la cópula) carente de fines naturales (la reproducción).

    Falso, creo q nunca has sentido amor Daniel, pk el amor entre heterosexuales va mucho mas alla de la simple copula. Igualmente pasa a las parejas homosexuales.
    La copula en si, vale, sirve para la reproduccion. Pero no hay nada de malo en disfrutarla, y si no se quieren niños mejor no tenerlos a «tenerlos sin quererlos», vamos creo yo. En cualquier caso quien no la quiera disfrutar q no la disfrute, tu te lo pierdes! El caso es q el amor no es la copula, puede haber amor sin copula y copula sin amor, tanto en parejas homosexuales como heterosexuales. No mexclemos conceptos.

    2) Todo amor busca unir a perpetuidad (el amor entre madre e hijo, padre e hijo, etc. no busca unir a perpetuidad, porque ya nace unido por el parentesco), pero el “amor homosexual” no sólo no lo logra, sino que no puede lograrlo desde sí mismo.

    Q bonito te ha quedado. Las probabilidades de q el amor sea para la perpetuidad son discutibles…pero en cualquier caso las mismas para parejas homosexuales y heterosexuales.

    3) Luego, o bien el “amor homosexual” no busca unir a perpetuidad, o bien lo busca sin fruto.

    Repeticion de la 2.

    4) Si no lo busca, no es amor.

    No intentes definir el amor. El amor se siente, no se define, y cuando se siente si, se siente q va a ser para siempre, aunq luego pueda dejarse de sentir, y eso no es malo, son cosas q pasan.

    5) Ahora bien, si lo busca sabiendo que no puede lograrlo, también es engaño.

    Todos estos puntos estan basados en el punto 2 tienen pues un error de base.

    6) Ergo, se elija lo que se elija, aceptadas las premisas, el “amor homosexual” sólo impropiamente puede llamarse amor.

    IDEM

    7) Y, si no se aceptan las premisas, entonces llamad amor a cualquier entretenimiento pasajero, con lo que demostraréis que, para conseguir vuestro cometido habéis tenido que degradar el concepto, tal y como se entiende de ordinario.

    Amor no es entretenimiento pasajero, igual es pk yo he sentido las dos cosas q para mi esta bastante clara la diferencia. Ademas de quedarme claro q hay tanto amor homosexual y heterosexual, y entretenimientos pasajeros homosexuales y heterosexuales.

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