Hijos de Eva

1/2/2005

Sobre chusma y sobre cobardes

Filed under: — Quintanar @ 11:57 pm

Se me han cabreado unos vecinos de Tordesillas porque el otro día califiqué de chusma cobarde a la gente que se congrega cada septiembre para matar un toro a lanzazos mientras la junta de Castilla y León, pese a las protestas de las sociedades protectoras de animales, mira hacia otro lado y se lava las manos en sangre, con el argumento de que se trata de una tradición y un espectáculo turístico. No sé si es que los llamara chusma o los llamara cobardes, o las dos cosas, lo que pica el amor propio de mis comunicantes. El caso es que se dicen «lanceros de Tordesillas, y a mucha honra», y preguntan cómo yo, que alguna vez he escrito que me gusta asistir de vez en cuando a una corrida de toros, me atrevo a hablar así de lo que desconozco, o sea, de «un duelo atávico y mágico, un combate de la bravura contra la inteligencia, un ritual de valor y de bravura que se celebra desde tiempo inmemorial». Exactamente eso es lo que dicen y lo que preguntan. Así que, con el permiso, de ustedes, se lo voy a explicar. Despacito, para que me entiendan.

Amo a los animales. Por no matarlos, ni pesco. Tengo un asunto personal con los que exterminan tortugas, delfines, ballenas o atún rojo. También prefiero una piara de cerdos a un consejo de ministros. Creo que no hay nada más conmovedor que la mirada de un perro: mataría con mis propias manos, sin pestañear, a quien tortura a un chucho. Sostengo que cuando muere un animal el mundo se hace más triste y oscuro, mientras que cuando desaparece un ser humano, lo que desaparece es un hijo de puta en potencia o en vigencia. Eso no quiere decir, naturalmente, que caiga en la idiotez de algunas sociedades protectoras de animales que dicen que cargarse a un bicho es un acto terrorista. Incluso, como apuntaban mis comunicantes, cada año voy un par de veces a los toros. Cada cual tiene sus contradicciones, y una de las mías es que me gustan el temple de los toreros valientes y el coraje de los animales nobles. Es una contradicción -tal vez la única, en lo que tiene que ver con los animales- que asumo sin complejos; y sólo diré, en mi descargo, que nunca me horroricé cuando un toro mató a un torero. Al torero nadie lo obliga a serlo; y a cambio de jugarse la vida, gana dinero. Si no murieran toreros, cualquier imbécil podría estar allí. Cualquier cobarde podría dárselas de matador de toros. Cualquier mierdecilla podría justificar por la cara, sin riesgo, su crueldad y su canallada.

Yo he visto matar. Con perdón. Matar en serie. He visto hacerlo de lejos y de cerca, a solas y en grupo, y me he formado ciertas ideas al respecto. Una de ellas es que degollar y cascar tú mismo, cuando toca, forma parte de la condición humana; y que son las circunstancias las que te lo endiñan, o no. También tengo una certeza probada: muy pocos son capaces de matar cara a cara, de tú a tú, jugándosela sólo con su inteligencia y su coraje, si alguien no les garantiza impunidad. Recuerdo a verdaderas ratas de cloaca incapaces de defender a sus propios hijos enardecerse en grupo y gallear, pidiendo sangre ajena, cuando se sentían respaldados y protegidos por la puerca manada. Conozco bien lo miserable, cruel y violento que puede ser un individuo que se sabe protegido por el tumulto También leo libros, vivo en España, conozco a mis paisanos, y sé que en linchar y apuñalar por la espalda, aquí, somos unos artistas. Lo hacemos como nadie. Por eso, que media docena de tordesillanos, o más, se quejen porque a esta alturas de la feria me asquea lo del toro de la Vega y me cisco en los muertos de los lancero bengalíes, me tiene sin cuidado. Lo dije, y lo sostengo. Llamar combate, torneo y espectáculo de épica bravura a miles de fulanos acosando a un animal solitario y asustado, y después trata de héroes a una turba enloquecida por el olor de la sangre, que durante media hora acuchille hasta la muerte al toro indefenso, refugiado el un pinar, y que luego salga la alcaldesa diciendo que «el combate fue rápido y ágil», y que el Aquiles de la jornada, o sea, el cenutrio que le metió el primer lanzazo, alardee, como el año pasado, de que «el toro estaba a la defensiva y se escondía en los arbustos, así que era difícil alancearlo», es un sarcasmo, una barbaridad y una canallada. Se pongan como se pongan. A menos, en las plazas de toros el animal tiene un oportunidad: empitonar a su verdugo, de tú a tú. El consuelo, tal vez, de llevarse por delante al cabrón que lo atormenta.

Así que, por mí, todos los heroicos lanceros de la Vega pueden irse a hacer puñetas.

[Arturo Pérez-Reverte, El Semanal, 25 de Mayo de 2003]

Tenemos un comentario para “Sobre chusma y sobre cobardes”

  1. Jose M. Muñoz López:

    Tengo que reconocer que los artículos de Pérez Reverte en los que defiende los derechos de esos que no hablan ni razonan me conmueven y me hacen sentir un poco más acompañado en la remontada del rio de la injusticia, la prepotencia y la estupidez humana.

    Pocos pueden, como él, admitir sin pudores que prefiere a un perro antes que a un humano cabrón sin tener que soportar a toneladas de hipócritas gritándole al oído que es un jodido loco antisocial y enfermo.

    Yo comparto esa visión de las cosas, sin embargo, su admitida contradicción acerca de la tauromaquia me apena.
    El toro no elige, ni puede hacerlo, batirse en duelo con un payaso vestido de lentejuelas. Esa sutil observación ya debería bastar para que el cerebro privilegiado del amigo Reverte comenzase a encajar piezas.

    En fin, para mi contradecirse moralmente es síntoma inequívoco de que algo no está en orden y hay que ponerle solución, ya sea a base de profundas sesiones de reflexión o buscando ayuda especializada. No basta con admitir que uno se contradice y en pose chulesca zanjar el asunto. Si le gustan los toros, adelante, que vaya a verlos, pero no dos veces al año como el que se quita de fumar y se da un capricho de vez en cuando. Que vaya cada tarde de toros y admita que disfruta como un poseso entre la multitud aborregada y vociferante que le rodea. Si por el contrario, prefiere a un perro a un hijo de puta, ya puede ir pensando en informarse bien acerca de los pesares a los que esos «valientes» toreros someten a toros y caballos cada tarde de grana y oro.

    En fin, yo seguiré estremeciéndome como de costumbre con los escritos de este genial autor, pero con una pequeña puntilla clavada en el corazón al saber que ese que junta letras extraordinarias, se contradice tan tristemente.

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