Hijos de Eva

14/5/2005

Una pesadilla ilegal

Filed under: — Quintanar @ 4:18 pm

Hoy me desperté con un sobresalto, al toque de una voz profunda que me hizo levantarme de la cama en plena oscuridad y dirigirme hacia el baño, apretar el interruptor de la luz y levantar la vista hacia el espejo: una persona distinta me miraba con cara de sorpresa y espanto mientras se frotaba las manos, se palpaba el pecho, los hombros, los labios carnosos y prominentes, el pelo crespo y rizado; su piel, muy oscura y brillante, dibujaba un cuerpo atlético sobre el fondo blanco de los azulejos del baño. Apagué la luz y volví a encenderla diez veces antes de aceptar la realidad como un puño estrangulándome el corazón: ese hombre negro soy yo.

Incendié la casa con mis gritos de angustia y desesperación, llamé a mis vecinos para que me despertaran de este sueño, pero no conseguí otra respuesta que el silencio y un contundente golpe de persianas descolgándose hasta el fondo. A lo pocos minutos apareció la policía, que me preguntó de dónde era y me pidió la documentación: entraron conmigo en casa y yo no sabía qué hacer; les pedí que me golpearan, a ver si así lograban despertarme de esta pesadilla, pero ellos se reían e insistieron en lo de mis papeles, así que fui instintivamente hacia el bolsillo interior de mi chaqueta y allí descubrí un fajo de papeles muy manoseado: se los di todos. Los miraron y remiraron y al final me advirtieron de que tenía unas horas para regularizar mi situación.

¿Regularizar mi situación? En un instante lo entendí todo y asumí el papel: revisé con cuidado aquellos documentos, comprobé el certificado de empadronamiento y la copia de un contrato que me ligaba a la Universidad de Córdoba. No pude evitar reírme, porque parecía que mi vida había cambiado sólo a medias. A ver, qué tipo de contrato tengo: un contrato como personal investigador. No, dios mío. Un contrato por obra o servicio determinado asociado a un proyecto de investigación que finaliza el año 2006. Cómo he llegado yo hasta aquí. Miré mi pasaporte: colombiano. Estudié en Santa Fe de Bogotá y luego hice mi doctorado en La Habana.

Soy negro, sudaca e investigador con un contrato precario. Eso no podía ser más que una pesadilla, así que me relajé, aliviado. Hasta que sonó el teléfono: tienes que venir a la Delegación del Gobierno, la concentración en defensa del personal docente e investigador contratado está siendo un fracaso, necesitamos más gente ya. Salí pitando y por el camino recordé el ultimátum del policía sobre mi regularización. Conforme me acercaba empecé a oír conversaciones en árabe, en rumano, en ruso, en chino, caras serias y tensas; y luego chicos jóvenes, con gafas y con niños de la mano que gritaban por una carrera digna para los científicos. Alguien de entre ellos me reconoció y me llamaba con insistencia, pero algo tiraba hacia atrás de mí: un hombre muy grande y recio me enseñaba unos papeles y me señalaba hacia una cola que daba dos vuelta al edificio y se perdía en los jardines donde se levantaba algo parecido a un improvisado campamento de refugiados. Mi alma me movía hacia donde estaban mis colegas de laboratorio, pero mi piel me acercaba hacia aquella otra muchedumbre desesperada por encontrar una simple oportunidad para vivir.

Llegado este punto, ya no quise luchar más contra mi destino, que acepté con la dignidad de un inmigrante ahogado a escasos metros de la costa. Recuerdo el sabor amargo en la comisura de los labios, la sal seca entre los rizos de mi pelo; recuerdo el reflejo acerado del sol contra el espejo del agua, el dolor punzante en las llagas de mis pies; recuerdo la cinta dorada de la tierra allí al fondo, las voces de unos niños arrastrados por un fuera borda; recuerdo rendirme al vaivén de las olas, mirar hacia la inmensidad del cielo que chisporroteaba azul sobre mis ojos; recuerdo la potencia del golpe de mar que me empujó fuera de la barcaza, y mi viaje ingrávido por las profundidades de la memoria antes de encallar plácidamente en Montilla, en mi casa, en mi cama.

[Miguel Aguilar, columnista de El Diario de Córdoba.
Columna publicada el 13 de Mayo de 2005]

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